miércoles, septiembre 28, 2016

AQUELLAS CARTAS

Esta mañana hojeando las cabeceras de los periódicos digitales, encontré un artículo que me despertó un romanticismo trasnochado por su significado, por haber convivido en una parte de tu vida con ese elemento destacado.
Hablo de esos buzones amarillos y cilíndricos que luego pasaron a su formato cuadrado, que había por las calles de nuestras ciudades y pueblos, iconos de una época que fue, donde depositábamos postales, felicitaciones, cartas. Cada época tenía su aluvión particular. En navidad, se llenaban de estampas navideñas a familiares lejanos, o amigos que veías todos los días pero que la costumbre te señalaba que debías tener un detalle antes de finalizar el año. En verano, los buzones estaban repletos de postales de lugares remotos o costeros donde pasabas tus días de asueto, y mandabas una instantánea a tu gente para transmitirles el regocijo de tus días de descanso. También, te llegaban largas cartas de amigos contándote lo bien que se lo estaban pasando con la pandilla de toda la vida o, por el contrario, el aburrimiento que suponía esos largos días de tedio en el pueblo o con tus padres; de todo había.
El resto del año, en el buzón se depositaban cartas familiares y ¡Cómo no!, cartas de amor. Sí, muchísimas cartas de amor. Yo tuve un novio  durante mucho tiempo que vivía fuera. Eran cartas largas, lentas y pausadas que, en cada reglón, se escapaba el hechizo de ese primer amor, la pureza de los sentimientos, los días separados el uno del otro, lo cotidiano, los estudios, proyectos y sueños. ¡Lástima!, las quemé todas justo el día en que él se casaba. En un acto simbólico me metí en el cuarto de baño y las quemé todas en la bañera. ¡La qué preparé!, si ese día no me mata mi madre ya no me mata nunca. Humo negro por los baldosines, olor a chamuscado, y yo sentada en la taza del wáter mirando aquel humo tiznado de recuerdos.
Otro día, pasado el tiempo, encontré en casa de mi madre, una caja de latón de Cola-Cao (Aquél negrito del África tropical…) llena de cartas y postales; fue una tarde deliciosa, lo recuerdo bien, fisgando mi juventud.

Hoy, esos iconos amarillos casi han pasado a mejor vida, su utilidad tal vez sea que cuando les veamos recordemos una parte de nuestra vida. La recordemos nostálgicos con ese puntito romántico y tierno con el que  evocas una parte de ti mismo. Luego pasarás cerca de ese decorado urbano y no podrás evitar una dulce sonrisa melancólica.

martes, septiembre 27, 2016

CUMPLEAÑOS FELIZ

Es mi cumpleaños y mientras tomo mi primer café miro atónita a mí alrededor. El subconsciente no hace más que decirme ¡Qué horror!, me han dado unas ganas de darle una patada. Me está amargando desde que se ha despertado el tipejo ese. Total porque la mesa de la cocina está llena de platos y vasos sucios, la coneja feliz de su regreso caga como si no hubiera un mañana, el perro bebe y bebe como los peces en el río y pisa  todo. ¡Horror!, vuelve el pesado del subconsciente a decir porque no tengo un comedor para comer, en cuatro meses mis hijos lo han convertido en un improvisado vestidor. Una montaña de ropa sucia en el suelo, una montaña de ropa limpia por planchar. Unos tiestos disecados me miran para que les tire a la basura. Todo se mezcla. Maletas con chorizos de Cantimpalo, botes de leche vacíos con botes de gazpacho. Todos me cantan “Feliz cumpleaños”… “Iros al cuerno”, les digo con mirada amenazante mientras mis riñones se resienten de haber descargado un coche con un marido refunfuñón diciéndome, ¿pero qué llevas ahí, la biblioteca nacional, Valladolid fashion week, el jardín botánico? Llevo mis chismes, contesté yo malhumorada y herida. Y claro, salió a relucir mi dignidad de mujer con chismes y me descargué el coche, ¿y ahora qué pasa? Riñones al jerez.
Me metí en la cama por debajo de pañuelos camisetas y vestidos huyendo de tanto destartale y a las doce en punto apareció mi niño mayor con el perro a cantarme el cumpleaños feliz. Le miré como las vacas al tren y apagué la luz.
A media noche me desperté, ¿dónde estás, quién es ese que duerme a tu lado? ¡Qué sudores! No sabía en qué cama estaba, menos mal que toqué la tripita del que dormía a mi lado y supe inmediatamente que estaba a buen recaudo.
Hoy es mi cumpleaños y el de mis chismes, supongo. La verdad es que me dan unas ganas de salir corriendo. A ver, una cumple años y vas acumulando sensaciones y materia. El problema radica en la acumulación de materia propia y ajena, porque no hay que engañarse cuando vives con gente todo suma: lo tuyo, lo mío y lo de más allá, más un perro y una coneja. Total, una bola estomacal en tu cuerpo diciéndote “Elimina”… Y aquí estoy, eliminando lo que llamo basura. Tendré cuidado de no ponerme delante de la bolsa o me meto yo también.
Por si acaso, me he retirado, puesto otro café y he cogido el móvil… Veo que la gente me quiere y se acuerda de mí. Eso es lo que me debe importar.

¡MUCHÍSIMAS GRACIAS A TODOS POR VUESTRO DESEOS!


jueves, septiembre 22, 2016

CALLE CUARENTA Y TRES

Entras. Tu cuerpo está destemplado, tu cabeza confundida. Te reconforta la temperatura ahumada de oscuridad, música y olor a sudor pegado a  pieles desconocidas. Te preguntas qué haces allí, pero no te da tiempo a que llegue la respuesta. Un camarero te aborda el gusto por una copa y reconoces el lamento desgarrado del jazz. Te sientas en un taburete…

Un piano recorriendo la escala, una guitarra rasgando suavemente el filo de sus cuerdas. Una batería rozada levemente por una escobilla y tú, entre el humo espeso de una vela a medio consumir. Su luz danza al compás de la música. Tus pies siguen el ritmo mientras te bebes las penas, es lo que queda de ti.
Estás rodeado de sombras que están como tú, tan perdidas, tan tiznadas de soledad, pero no ajenas a la voz de una mujer que sujeta a un micrófono arrastrando lágrimas con su voz. Te identificas tanto con ella que quisieras besar sus labios secos. Son tantos otoños sin llover en ellos que  se marchitaron como tú.
Un saxo irrumpe en tus reflexiones, levantas la cabeza y ves que ahí está un recuerdo difuminado prendido en el sonido de un piano desafinado, tan desafinado como tu memoria.

Te levantas, la puerta, la calle, el frío te saludan; son tus únicos compañeros. Te subes las solapas del abrigo y te pierdes en la noche.

Atrás dejas un letrero del bar que reza “Calle Cuarenta y tres”… Tú, si tú, el que estás leyéndolo, no lo busques en un mapa, sólo existe en las entretelas de tu imaginación.

domingo, septiembre 18, 2016

OTOÑO EN EL PARAÍSO

Ella, que a veces la emoción le corta la voz o el tartamudeo no la deja expresar lo que quisiera, me pidió que os hablara del otoño en el paraíso…
 En aquellas tierras lejanas no hay naranjos que se apaguen y, sí, lluvia escarchada que pronto será hielo sobre un Neva recordando a sus zares. Allí hace tiempo que llegó el otoño y sus parques se pintaron de ocres nostálgicos, bermellones silenciosos y rojos dorando sus cúpulas.
El cielo en esas latitudes se desnuda de blancos, grises, negros y hasta de un azul afligido por el deshielo de un calor tibio que ya se fue. Es más, no volverá en muchos meses. El agua, los árboles, la tierra, se preparan para invernar en blanco, blanco nupcial entretanto las tardes caen sombrías sobre la avenida Nesvky.
El camachuelo, el lugano y el ruiseñor ruso, parpadean sus últimos trinos colgados en las ramas del Aliso, el Carpe y el Tilo, mientras los canales balancean sus barquitos de papel. No son góndolas aunque digan que es la Venecia del norte.

Ella, que atisbó entre los muros del palacio de invierno, las emociones que antes la hacían ser  aquella mujer  eternamente alegre, segura y vivaracha, miró por el ventanal que daba a la plaza Dvortsovaìa sintiendo que  el otoño caía majestuosamente en la ciudad de San Petersburgo… Os lo cuento como ella me lo dictó en el corazón.

lunes, septiembre 12, 2016

LA VERDAD QUE SE ESCONDE

Todos llevamos escondidas verdades en la solapa de la chaqueta, mentiras en los bolsillos, deseos en el monedero y miedos en la ropa interior.
Todos vivimos cosidos a una fachada que a veces es real y, otras, ficticia queriendo que los otros se la crean.
Todos en algún momento se nos ha tambaleado el armazón y en alguna ocasión nos hemos sentido perdidos.
Todos hemos sentido el fuego y hemos temido convertirnos en hielo y perder el amor, la pasión.
Todos nos hemos dejado arrastrar por el ego y hemos visto como nuestra sombra se hundía en el fango.
Todos nos hemos revolcado en las vergüenzas y tocado con nuestras yemas el pico de una estrella,
Todos somos sangre, agua, carne y polvo… Tal vez por eso llevemos  nuestras verdades escondidas en el forro de nuestra piel y, a veces, las mentiras se nos escapen por la boca, y por los ojos salgan gritando nuestros miedos.

Somos hombres, somos mujeres de carne y hueso. Con sentimientos, virtudes, debilidades… Un arco iris cuyos colores a veces son reales y, otras, espejismo entre el deseo y la realidad.

lunes, septiembre 05, 2016

KALOS Y YO

¡Qué lástima, qué pena, qué destrozo! Ahora que empiezo a adelantar camiones, se me acaba el verano. Siempre igual, todos los años lo mismo, no es justo.
El volante y yo hemos tenido una atracción diversa como extraña. Mi padre me obligó a sacarme el carné de conducir a los dieciocho años en punto; le costó un pastón pues me engatillé primero en el teórico y ya no digamos en el examen práctico. Ahí no había manera, me temblaba el pie del acelerador, y no aceleraba, y no frenaba y no aprobaba. Pero, ¡albricias!, a la octava aprobé previa copita de coñac para calmar mis nervios disonantes.
En el momento que me entregaron el papelito que certificaba “Nuevo elemento peligro en las carreteras”, mi padre me regaló el coche de mis sueños. Eso sí, de segunda mano para que yo fuera tomando forma como conductora a gogó. Una tarde nada más comer mi padre me hizo entrega de mi súper Mini y salimos a probarlo. La prueba resultó como mínimo desafiante. En una bajada había colocado un pomposo Stop y yo, con mis reglas básicas bien aprendidas de un teórico que me costó cuatro exámenes para aprobarlo, pues vi el Stop y mis manos me llevaron a parar para cumplir las reglas legales. Paré en el Stop una vez que me lo llevé por delante.
No me amilané, mi club de fans (mis amigas Aurora y Pilar) como mi padre, me seguían animado fervientemente mientras mi madre basculaba la cabeza… Unos insolventes. Que llovía, Aurora decía “Para”, yo paraba y Pilar se bajaba a mojarse mientras yo atinaba en qué botón se encenderían las luces o las escobillas del limpiaparabrisas. Este último me sigue dando problemas porque encenderlo lo enciendo, pero el apagado “Nanay de la China”, así que puede salir el sol y yo sigo con las escobillas bailando chachachá de izquierda a derecha.
Aurora me cogió miedo y antes de montarse conmigo, se ponía muy apretadito el cinturón. Pilar, no. Ella siguió hasta el final jugándose la vida conmigo.
Cuando tuve hijos, mis niños me preguntaban, ¿Mami, hoy por dónde nos vamos a perder, quién nos va a pitar? O cuando trabajaba los fines de semana, al coche le salieron bollos y rozaduras por todas las partes de su cuerpo. ¡Ojo!, no fui yo sino las columnas del aparcamiento del banco que se movían.
Un buen día, una navidad no muy lejana, iba yo el  coche por las calles de Madrid, ¡atasco monumental!, la gente debía encontrarse nerviosilla con eso de ir a comprar regalitos, y comenzaron a pitarme que ni en la Plaza de toros de Las Ventas los más puristas del gremio han pitado jamás. Me cabreé, y muy digna, me bajé del coche, y allí quedó en el medio de aquellas fieras hasta que mi cuñada lo movió.
Desde entonces, conduzco de mayo a octubre, cuando mi cuerpo serrano habita en el campo. ¿Qué pasa? Pues que el invierno es duro además de crudo y encima olvidadizo y temeroso. Así que cuando retomo mi vertiginosa carrera conductora, el coche me impone. Voy despacito, velocidad crucero a 80 o 90Km/H. Que me pilla una cosechadora, un tractor, lo que sea, pues yo detrás, y detrás de mí cientos de mal hablados acordándose de mis muertos más frescos.
No me amilano y con el rodaje voy cogiendo velocidad, llegando con suerte a los 100 o 110Km/h ¡La caña! Pero rematando la faena, a eso de ya entrado septiembre comienzo a mandar a tomar café a los tractores y tengo el valor y los adelanto, y ya ni los camiones se ponen en mi camino. Se retiran para que yo y mi kalos desteñido pasemos.

Y ahora se acaba el verano. No hay derecho, no es justo. Al año que viene a empezar de nuevo.

jueves, septiembre 01, 2016

SEPTIEMBRE

Acabo de leer que septiembre huele a nuevo y me ha hecho reflexionar buscando en el baúl de la memoria los alambres que me sujetan a este mes. Cuando era niña este mes significaba el traslado del campo a la ciudad con la ensoñación de un curso nuevo, el reencuentro con las compañeras de colegio y las fiestas de mi ciudad. Más tarde y según fui creciendo, este mes me era tan grato por ser el prólogo del otoño, mi estación favorita en sepias, lluvias y nocturnos, allí donde el aire agitaba mis sentimientos llenándolos de sueños.
Después, septiembre se convirtió en la antesala de los nuevos propósitos y nuevas oportunidades, un curso que comenzaba sin tener la necesidad de ser uno de enero. Terminadas las delicias veraniegas de azules y espuma, de olas y risas, mi mente oxigenada encaraba septiembre con la energía de una adolescente que todo lo quería y todo era alcanzable.
Otrora, ha llegado la mesura con la que miras la vida, con la flema consabida de aquello que es previsible, con el sosiego de la certeza que precipitarse no trae nada bueno. Con el corazón en calma mirando a los tuyos, con el alivio de haber llegado hasta aquí a pesar los obstáculos normales que la vida te trampea. Con el regocijo que cualquier novedad es una delicia en tus horas, con la nostalgia de decir adiós a la luz de verano, al suave despertar del canto de un jilguero mientras te tomas el primer café en tu jardín personal.


Hoy es septiembre. Abro sus ventanas y puertas, para que me rocíe con su perfume y savia. En este mes cumpliré años, cambiaré de ciudad y dormitorio, me reencontraré con otros paisajes, abrazaré mi escritura,  y pediré un deseo, una ilusión para que me guie con humor, templanza y unas cuantas cosas más por el camino que he de recorrer.  Y, sobre todo, daré gracias por haber llegado hasta aquí un año más.

martes, agosto 30, 2016

INSTANTES

Hoy ha venido a hacerme compañía. Se coló entre unas ramas de los árboles y una rendija de las cortinas. No hizo ruido y muy quedo dijo “Buenos días”, miré y parecía un melocotón recién parido, suave en sus bordes y añejo en su centro. Pasó su mano  por  la parte izquierda de mi rostro; sentí su levedad, su aroma fresco del recién levantado. Aún cerrando los ojos presentía su calor, su belleza, pero él insistía en que le mirara, luego no lo podría hacer. Mis ojos verdosos se vistieron de jilgueros dorados lanzando destellos.

Se quedó conmigo unos seis minutos escasos, después, alzó su vuelo como esos pájaros que bailan mientras vuelan hasta coronarse en lo alto y perder su color. Ya no era melocotón sino una patata pelada, blanca de carne y desfiguradas sus formas.


Los días se acortan, el verano se desliza y ya llega septiembre. Me lo ha dicho mi arbolillo de ramas secas y las nuevas, rellenas de flores rosas. Esta mañana mientras el ordenador se encendía, se ha colado en mi vida un rayo de sol, tan juguetón como juvenil, y con él he presentido que la vida es un instante, tan efímero e intenso como tú la quieras vivir.

viernes, agosto 26, 2016

EL TAMAÑO IMPORTA Y MUCHO

¡Qué placer escribir en un ordenador y no en una lenteja! Y que no me vengan vendiendo la moto: el tamaño importa. No es lo mismo ver una película en mi televisión de  diecinueve pulgadas, que ver un partido de futbol en tele de mi amiga que casi tienen que sacar el sofá de casa para meter la tele. Ese día me sentì dentro del césped dando patadas en las espinillas de los jugadores del Real Madrid para que ganara mi Atleti.  Resumiendo, el tamaño inspira. Yo con el móvil mi capacidad de decir tonterías empequeñece, en cambio me pones delante de un ordenador y me creo Pérez Reverte.
Ahora, he comprobado que la capacidad de decir y hacer, tonterías es infinita. No necesitas experiencia alguna. Un poco de imaginación, grandes dosis de ganas de hablar, ¡ah!, y no pensar, sólo dejarte seducir por el pensamiento y vomitar lo primero que te viene a la lengua.
¿Por qué afirmo esto? Esta mañana me he dedicado a leer las letras gordas de todos los periódicos que se han querido poner delante de mis ojos, y me supongo que la dirección de dichos noticieros tenía la necesidad de rellenar huecos… “Mujer pide autorización para casarse con su perro”, “Mujer embarazada la crece una pierna”, “Concurso de comerse una sandía sin manos en menos de un minuto” “Se venden las cenizas de Truman Capote”, en esta noticia me he parado, y me he preguntado ¿qué darían por unos calzoncillos sin lavar de Robert Redford? Cuando me he terminado de formular esta pregunta, me he dado cuenta que me estaba contagiando, y soy fácil de contaminar.
¿Veis como el tamaño importa? Seguro que han escrito las noticias en ordenadores potentes, cuánto más potente sea el chisme, más capacidad.
Otra cosa en la que también influye el tamaño: los titulares. Sí, las letras gordas son como un escaparate para que piques, entres y compres. Y efectivamente, el titular te ha enganchado, entras a leer y muchísimas veces te han vendido humo, o no entiendes la jerga del periodista, o está tan mal explicado que te sales con la mente apaisada.
En esto del titular o titulitis, me di cuenta cuando ya no había remedio con el titulo de mi novela “Sevilla…Gymnopédies”, un título difícil, dificil de narices. Sin embargo, si a mi novela la hubiera titulado “Extasis”, “Tócame mucho” “El ciruelo de Lucifer”…, no sé, cuanto más absurdo, más llamativo, seguro que en Tordesillas, por hablar de un pueblo y poner un ejemplo, pues ya conocerían a MªÁngeles Cantalapiedra. Si es que cada vez que alguien se ha acercado a mí a felicitarme y me ha preguntado el título de la novela para comprarlo o quedar bien y lo he dicho con la alegría pintada en mi voz, me han respondido “¿Cooomorrr?”
En fin voy a volver al móvil, ahí mi capacidad de decir tonterías es más pequeña.

¡Buen fin de semana!

viernes, agosto 19, 2016

¡MUY TOMATE!

Llevo adherida a ella bastantes años, es más, creo que me la inventé yo, y posteriormente la patente. Fue en un día en el cual cuando se retiró la última estrella del cielo y por algún lado del cielo salió el sol, a mí me comenzaron a salir las cosas mal y entonces dije ¡Vaya tomate de día!
Aquello, gracias a dios se enderezó, y la vida tan volátil que es me sorprendió una tarde con hechos chocantes e insólitos y dije para mis interiores ¡Muy tomate!
Pero la cosa no paró ahí. Otro día estaba yo tan tranquila haciendo qué sé yo, cuando me invadieron un par de noticias extraordinarias con briznas milagrosas, y no pude remediar decir ¡Qué tomate!... Así, de esta forma sencilla y natural, introduje en mi vocabulario rudimentario, en mi léxico un tanto anoréxico, una frase que no sólo me identifico con ella, es que mi gente me reconoce en ella.
Ángeles y “Muy tomate” son vinculantes. Probad a decirla, sirve para cualquier momento sea bueno o malo. Depende cómo enfatices con ella, cambiara de textura, color, sabor y olor; es fantástica, y no es porque la haya creado yo, eh.
Lo más tomate es que pensaba que la historia de mi frase polivalente terminaba ahí. Cuál es la sorpresa que anoche, mientras miraba las letras gordas del periódico (no leo más para no intoxicarme de mala leche), y escuchaba por una oreja a los fantásticos y divertidos periodistas deportivos de la radio, me di cuenta (yo solita) que llevaba tres días consecutivos con sus comidas y cenas, comiendo, merendando y cenando, tomates. Dejé el trozo de tomate a medio camino entre mi mano y la boca y me pregunté “¿Tanto te has metido en la piel tomatera?” Y aún fui capaz de destripar mi sesera y buscar el porqué tomatero; no creáis, no tuve que espachurrarme demasiado a punto de salsa de tomate para hallar la intriga del tomate.
¿Conocéis ese refrán que dice dos que duermen juntos…? No me sé el final del refrán, pero seguro que vosotros sí; pues eso. 
Mi Pepe este verano, además de jugar a las bolas (alias golf), se ha especializado en tomates. Profundas incursiones en establecimientos de todo tipo y condición comprando tomates; yo catándolos y actuando como si delante de una margarita estuviera “Este no, este otro tampoco, este tal vez…” Así hasta hallar el tomate con sabor ¡Muy tomate, amigos!, kilos de tomate me he comido hasta hallar uno que supiera lo más parecido a un tomate. No contenta con eso, yo también he hecho mis incursiones y he comprado tomates para competir con mi adorable Pepe ¡Muy tomate!
Una vez ya tranquila, sabiéndome mujer tomate, pasé a divagar la comida que pondría el 25 de diciembre, un día como otro cualquiera, en la que los españoles tenemos la manía de juntarnos, nos llevemos bien o mal, con nuestras familias y brindar que seguimos juntos a pesar de los pesares. Ya sé que estamos en agosto, que tengo tiempo de sobra; me lo han enseñado nuestros políticos, pero no estaría mal ir preparando una buena salsa de tomate por si me obligan a ir el 25 de diciembre a votar ¡Muy tomate!, qué esperpento de la España politiquera.

PD De sobra sé que lo hoy escrito es “una Gilipollez” pero es que el verano induce a hablar de todo y yo “antes muerte que callada”, no puedo soportar mi silencio metida en tanto tomate.

martes, agosto 16, 2016

UNA TARDE DE DOMINGO

Un día descubrí Radio Almenara… Era una tarde de domingo y llovía. Me gustaba  el sonido del agua, lento, pusilánime. Si, quizá por eso encendí la radio para no notar tanto el dolor que me producía el saberme abandonada. Sé que este estado sólo lo puede entender otra mujer y aquella voz que salió de aparato me pareció la de un ángel que me invitaba a aliviar mis penas. Cogí temblorosa el auricular y marqué el teléfono que ella indicaba.
-Radio Almenara, dígame…
-Llamo por el programa que está en antena. La verdad, no sé para que llamo. Tal vez sea mejor que cuelgue. Disculpe las molestias.
-No, no, espere. Es preciosa su voz.
-¿Mi voz? Nunca me habían dicho nada parecido.
-¿Cómo se llama usted?
-Ana, un nombre corriente.
-No, no diga eso. ¿Qué estaba haciendo en este momento?
-Ver llover. Es…, es tan triste que me gusta.
-¿Se identifica con la lluvia, Ana?
-Sí, la siento un poco como si fuera yo. Abandonada, solitaria…
-¿Abandonada? ¿Se siente así?
-Sí…, un poco. Mi marido…-Ana no pudo contener el llanto; de repente, el saberse escuchada por aquella voz…
-¿Ana? ¿Un poquito mejor?
-Sí, gracias.
-¿Hace mucho que se fue él?
-No, sí… cinco meses.
-Ana, ¿cómo era su convivencia con su marido?
-Buena… Ahí está lo malo. No vi nada raro, él conmigo no cambió, pero una tarde de domingo me lo dijo…
-¿Qué la dijo?
-Qué había conocido a una portorriqueña y se había enamorado de ella. Ya ve, mi historia es muy vulgar… Y esa misma tarde se fue.
-¿No ha vuelto a saber de él?
-No, bueno sí. Hace un par de domingos los vi pasear por el parque, por el mismo lugar que me llevaba a mí. Se los veía muy felices.
-¿Y su familia?
-Me dicen que soy idiota, que haga algo, pero no sé qué voy a hacer yo… El caso es que el viernes recibí una citación. Se quiere divorciar, ¿sabe usted? Normal.
-¿Usted trabaja?
-No. Yo cuidaba de la casa y los niños… No ha llamado a preguntar por ellos, no me pasa dinero y me ha vaciado la cartilla. No sé qué comeremos mañana y me asusta mucho el mañana. Discúlpeme usted…

La llamada se cortó y en la emisora de Radio Almenara cayó el silencio. Todos se miraron sin decir palabra; fuera, estaba lloviendo

viernes, julio 29, 2016

Es verano, ¿de qué hablamos?

Un poquito de por favor, INVESTIDME. Da igual, de lo que sea, aunque sea del ratoncito Pérez para que, al fin, se callen estos “Pollo-Peras” de políticos y se vayan de vacaciones y nos dejen en paz. De paso, los periodistas cambien de registro y nos cuenten noticias absurdas, que surgen en verano, como que una gallina ha puesto en vez de un huevo, un pokémon…
Llevo cuarenta y ocho horas pensando de qué hablaros, si sacar trasversalmente mi yo cenizo o procuraros un paseo agradable en el que una leve sonrisa compagine unas breves líneas. Porque no hablar de lo que se habla y que a todos, el que más y el que menos, nos inquieta, no quiere decir que no nos preocupe y mucho. Pero no se puede estar todo el día dando vueltas machaconamente a lo que está pasando aquí y afuera. Necesitamos liberarnos del miedo a los locos que pululan por el mundo atenazádonos con su terror sin sentido. Necesitamos aire, que se nos ventilen las neuronas porque si no, terminaremos con cara de “Yo Cenizo” todos y ayer, yo estuve a punto de claudicar y vestir mi carácter y pensamiento de “Ceniza mayor del reino”, pero me he despertado rebelde y proclive a pensar que el presente está aquí y ahora y el futuro está por llegar y no por eso quiere decir que mire hacia otro lado ignorando lo que pasa, que pasa y mucho, dentro y fuera.
Hay dolores que se van y dolores que de doler tanto, se quedan haciendo trizas cualquier amago de sueño y presente. Hay dolores indoloros y dolores pasajeros, como hay gente que no ríe. No ríe porque no le gusta, porque no lo siente, o porque no le da la gana y se siente bien en la piel de los amargados. Y hay gente que ríe. Ríe por dentro y por fuera, haga frío o calor, porque el que ríe es un poco más feliz aunque por dentro esté escrita una reata de dolores. Y minimizar un dolor, un problema, a través de una sonrisa o con una chispa de humor, no significa que trivialices o que todo te dé igual. No, es valorar en su justa medida tu tiempo, tu vida. Además, risa y humor ayudan a sostener la tempestad que a veces nos arrecia.
Tenemos un presente costoso de digerir. Demasiados frentes abiertos, dentro y fuera. Mentes turbias que acosan cualquier amago de paz y sosiego en este verano azul cada vez más desteñido. Egos elevados a no entenderse y prefieren soltarte a la cara “¿Qué parte del no, no has entendido?”. Pero SOMOS LEGIÓN, hordas bienaventuradas, que no queremos dejarnos arrastrar. Sí, tal vez terminen involucrándonos, pero no ahora, en este momento.

Y mientras el ahora sea nuestro, disfrutemos de nuestros placeres, de nuestra gente, de nuestras ganas de vivir.

miércoles, julio 27, 2016

BITÁCORA VII… TALLÍN Y ESTOCOLMO

Cuando entré el primer día en el barco y vi tanto niño dije “Ay madre, ay madre”, pues los chillidos de los niños electrocutan mis nervios. Me equivoqué de cabo a rabo. Está organizadísimo en un crucero el entretenimiento de los más pequeños, a mayores que noté gratamente que eran niños bien educados, acostumbrados a viajar. No sé, algo funcionó maravillosamente. Fue una delicia la observación desde los padres con bebé a bordo llevándoles generalmente en mochila contra su pecho, hasta esos padres que enseñan a sus hijos a amar a la naturaleza y respetarla jugando con las gaviotas por ejemplo. Madres con libro en ristre sentadas al borde de la piscina mientras sus hijos hacen malabares en el agua. En los diversos comedores no se oyó el griterío infantil ni el llanto a destiempo. ¡Chapeau!
Por otra parte, en mi puesto de popa, observatorio oficial mío, pude clasificar el tipo de gente que va a un crucero que es variadísimo y llegué a la conclusión que había de todos los espectros sociales. Desde las almas solitarias, las familias enteras incluidas los abuelos, las pandas de amigos, las chonis de turno, los snobs que no se mezclan con nadie, la gente mayor que encuentra en el crucero todos los requisitos que requieren con su edad. Los que van a descansar. Los padres con hijos ya adultos y seguramente independizados que con ese viaje aúnan posturas y un cierto grado de convivencia. Esa gente que le gusta viajar, el ambiente de bailar beber, comer y que la cultura le roce lo justito… Con todo esto contado, ¿Recomendaría un crucero? Sí, rotundamente sí., siempre que persigas, claro está tres fines muy concretos: divertimento, cultura light y descanso.
¿Qué es lo que más me ha llamado la atención de esta ruta por el Báltico? La naturaleza, el amor que tienen estos habitantes por la vida al aire libre ya que el tiempo es muy reducido por el clima que tienen, y el amor a la cultura. He visto a muchos paisanos leyendo en parques y terrazas y la música en cada esquina. Ciudades tremendamente limpias y he presentido otro ritmo de vida totalmente opuesto al nuestro. ¿Bueno, mejor que nosotros? Distinto. Las costumbres de cada país vienen condicionadas por muchos aspectos en que la base educacional es la piedra angular o filosofal. Por ejemplo en Estocolmo la gente cuando se cansa de la ropa no la da o la tira; la vende. Igual hacen con los muebles. Muy amantes de las flores. Las que más he visto han sido macizos de surfinias. Cómo cuidan de sus mascotas…
¿Con qué ciudad me quedaría? Cada una tiene su encanto.
Tallin es un pueblecito medieval muy bien conservado. Si no supieras que estabas en Tallin, bien podrías pensar que estabas en cualquier ciudad de Baviera. Pero

Estocolmo me ha cautivado. Las catorce islas que conforman el núcleo urbano son maravillosas. El ritmo de la ciudad, una elegancia intrínseca. Presentí unos habitantes bien formados culturalmente.
Me quedo con tantas imágenes en la retina, en el trastero de la memoria para que calienten los largos días de invierno cuando el sol apenas amanece y la nostalgia barrunta tus sentidos.
Si he de elegir una para compartir con todos vosotros y poner broche a este bitácora de sensaciones de un viaje, os dibujaría la de un niño de cuatro años aproximadamente que iba en el barco. Su tez era negra zumbona, sus ojos dos platos asombrados, e inmaculadamente limpio. Dos escenas. Una en Tallin en la que se sentó en el suelo a escuchar una música dulce y cadenciosa que salía
de un instrumento rarísimo. Y la otra, ese mismo niño con una servilleta al cuello comiéndose un plátano mientras que con un dedito indicaba cada gaviota que veía. Sus risotadas hacían que el plátano saliera volando con cada gaviota.

Chicos, viajar, viajar aunque sea a la esquina de vuestra casa, pero viajar con los sentidos, con vuestras percepciones, pues será la riqueza que  engrandecerá la mente y el corazón.

lunes, julio 25, 2016

BITÁCORA VI… SAN PETERSBURGO

Este capítulo bien podría llamarse “Chinos y agua”, menos mal que era la segunda vez que visitaba San Petersburgo con lo que ya tenía  mis sensaciones grabadas en la memoria de lo que suponía aterrizar en una de las ciudades más bellas de mundo. Mi tito según se acercaba el barco a puerto gritaba “Rusia, el Boqui ya llega, por fin” pues era una de sus máximas ilusiones pisar suelo ruso. A continuación se puso a llover como si no hubiera un mañana; al pobre se le oscureció todo.
Si en ese momento hubieran buscado chinos o japoneses en China o Japón, no los hubieran encontrado. Todos estaban como sardinas enlatados en el Hermitage, ¡qué horror!, creo que salí con los ojos rasgados y diciendo “Sayonara”, añadiendo, claro está, la sensación de borrega detrás de la consabida rosa bailando el charlestón para que no nos perdiéramos. Recordaba mi sensación cuando entré hace cinco años en aquel palacio un octubre comenzando ya a nevar, deslizándome por las salas sin obstáculos con un murmullo suave de fascinación de otros turistas que como yo disfrutábamos de aquellas salas que parecían salones de baile, yendo y viniendo a nuestro antojo y ahora aquello era un enjambre de moscas cojoneras de codazos, empujones, de voces mezcladas, ¡una pesadilla!
Al salir de aquel hervidero, el grupo respiramos aire, hasta agradecimos la lluvia. Una lluvia tan estridente como loca. Nos refugiamos en la furgoneta para llegar a formar parte de otra empanada de chinos en
la iglesia de San Salvador sobre sangre derramada en la que se guisaba el olor humano, el agua chorreando de nuestros chubasqueros, más empujones y los flashes que te cegaban…, y que en aquel octubre en que me quedé fascinada de esa iglesia fuéramos una docena escasa de personas, ¡manda decibelios!
Salió el sol y nos alegró el ánimo al grupo de doce que hacíamos la excursión guiada. Nos llevaron a comer a un restaurante delicioso a saborear comida rusa. Un grupo encantador  que hicimos risas de tanto desbarajuste chinesco. Después de comer, un paseo por el río Neva y más lluvia, más agua rabiosa. Yo me negué a ir en el interior del barquito porque las vistas de las dos orillas de San Petersburgo eran maravillosas, así que el agua rusa cayó sobre mí lavándome hasta las entretelas. A todo esto no he contado que la ciudad estaba atascada de cabo a rabo con lo que se nos echó el tiempo encima y tuvimos que volver al barco.
El segundo día se nos dio muy bien; menos chinos y menos agua, pero con chinos y agua, eh, pero al menos pudimos respirar. Fuimos de compras, vimos el palacio de Catalina
que de tanto dorado, salimos muy doraditos todos. Estuvimos en la catedral de San Nicolás que me pareció bellísima, el metro
, la catedral de San Isaac, la avenida Nevski, fortaleza de San Pedro y San Pablo, el palacio Perhof y nos volvimos al barco con una soberbia empanada, porque ver en cuarenta y ocho horas San Petersburgo es un tanto heavy.
Pero a pesar de eso, disfrutamos mucho porque nuestro grupo
era una amalgama de gente de buen rollito y mis tíos volvieron encantados y para mí era lo más importante. Observar sus ojos fascinados, sus caras de placer, la sorpresa intrínseca en sus gestos, bien merecía haber soportado tanto chino. Sentir a los tuyos felices, no tiene precio.

Eso sí, cuando llegamos al barco me fui a popa a por mi Martini y el de mi tito. Subían en el ascensor un par de chinos. Me cambié de ascensor. Mi mente no estaba preparada para una ración extra de chinos.

viernes, julio 22, 2016

Bitácora V Time to say goodbye

Además de haber sido capaz con mi cabecita loca de desarrollar la teoría de la redondez de la tierra, me he dado cuenta que he tenido tiempo también para el desarrollo del teorema de la internacionalidad de las gaviotas…Ahí es ná.
Igual que las gaviotas suecas son de tamaño mediano, con un estilo y un donaire especial. Elegantes, de movimientos suaves que semejan a cisnes en vuelo por la exquisitez en sus desplazamientos y su graznido es sutil. Por el contrario, las gaviotas finlandesas son ruidosas y parlanchinas, alegres y bulliciosas, vamos, como si  tuvieran antepasados españoles. En tamaño, parecen helicópteros con inmensas alas negras, camicaces en su vuelo, juguetonas con cualquier persona que se las acerca.
Divertidas y bailarinas…Seguro, segurísimo que un tío abuelo fue español. En cambio,  las rusas ¡Qué lástima, qué pena, qué destrozo! Primero hay pocas, debieron de largarse con la implantación de comunismo y las que quedaron son raquíticas (mucha hambre han debido de pasar) y muy hurañas, hasta su graznido es triste. Y las gaviotas estonias son el jolgorio padre, deben estar empinando el codo a base de cervezas; están chifladas. Alegres y dicharacheras… ¿Qué, cómo os he dejado el cuerpo con esta disertación gaviotín?
Pero es tiempo para mirar, empañarte los sentidos de sensaciones que habitualmente no te das cuenta que están a tu lado dispuestas a que las descubras, pero cuando eres capaz de destapar lo que llevas dentro de ti, te sorprendes de tu capacidad para saborear hasta las minucias que a simple vista no se ven ni se tocan; solo se sienten.
Una vez depositados los borregos en el barco a nuestro libre albedrío, como os podéis imaginar, “la niña los peines” se retiró junto a su tía al campamento habitual de vicios varios, es decir la popa. Mi tía y yo nos dejamos llevar por un sol tierno que cada vez se hacía más mestizo por unas nubes sospechosas que se acercaban en el horizonte. Cerramos los ojos para sentir el gozo de no hacer nada, para intuir la algarabía en lenguas dispares que comentaban la visita a Helsinki. En un momento dado, me fui a la barra a por dos mojitos y mientras estaba esperando a que me sirvieran, se sentó a mi lado la mujer que os conté que tenía un pelo teñido por un enemigo, ¿lo recordáis? Me volvió a sonreír con una sonrisa solitaria, con la mirada tatuada de pena y me dijo “Una familia tuya bonita”, le di las gracias a la vez que yo le preguntaba si ella viajaba sola a lo que me respondió “Sí. Iba a viajar con mi hija pero murió el mes pasado” No dijo más. No dije nada, las palabras en ciertos momentos siempre me han sonado a fatuas; simplemente la apreté una de sus manos lo más fuerte que pude y me fui.
Tal vez esa situación inesperada me dispuso a vivir uno de los momentos más mágicos de mi vida.
A las cinco zarpaba el barco. Las nubes glotonas habían logrado asaltar el cielo y comenzaba a chispear y con ese leve chispeo la gente fue desapareciendo. Me puse el chubasquero pues empezaba a llover con rabia; solo en popa y al descubierto quedamos las gaviotas helicóptero  y yo. Entonces comenzó a deslizarse el barco con pasos casi imperceptibles, el agua se estrellaba tan fresca y alegre contra mi rostro. La chimenea del barco soltó un rugido en forma de adiós y por megafonía comenzó a sonar la canción de Il Divo, “Time to say goodbye”. Fue una sensación extraña, entre plenitud y libertad. Entre agradecimiento a la vida por ese instante y la sensación de la nada abrazándome en gris. Sí, nunca me había dado cuenta hasta qué punto los grises pueden ser tan hermosos, ni la lluvia tan gratificante. Seguía lloviendo mientras la bruma descendía en mi entorno.
Los islotes se iban difuminando entretanto mis sensaciones se iban tornando en místicas. Respiré lo más hondo que pude, abrí los ojos para tragarme aquel espectáculo cenizo  y en milésimas de segundo aparecieron en mi pensamiento todos mis seres queridos…, menos uno que vino en persona, formato gaviota, y se aposentó junto a mí en la barandilla. Quise pensar que era mi amiga Marian que desde el cielo había bajado para compartir ese instante conmigo. Y sí, lloré, lloré emocionada por ser capaz de sentir esa turbación tan honda…


Os dejo, mañana os cuento San Petesburgo. Acaba de llegar “mi Pepe” con kilos de tomates, aprovechando que ayer había comprado media tomatera. Haré gazpacho, haré ensalada, haré salsa, y cuando termine mis elaboraciones culinarias, los que me sobren se habrán pochado ¡Qué tomate de hombre!... “Pepeeee, ¿no había más tomates?”

jueves, julio 21, 2016

BITÁCORA IV...Helsinki

Menos mal que no me he de someter a una analítica en ese momento; no encontrarían sangre, sería la primera mujer desangrada a favor del alcohol. Mi tío Ángel parece que se va a comer el mundo, pero luego se achica y tiene que ir salvamento marítimo, es decir, su sobrina, para que tome su Martini. Los ponen tan pequeños que ya nos tuvimos que sentar en la barra y desarrollar la escena de la película “Armas de mujer” en la que dice la prota después de haberse bebido la destilería entera de tequilas “Tengo una mente para las finanzas y un cuerpo para el pecado”, pues mi Tito y yo en versión Martini. Como ambos somos muy risueños, pues la risa floja que navegaba a babor y a estribor en nuestras caras ni se notaba. ¡Es la caña!, beber y beber, comer y comer, con solo sacar la tarjetita; me la he atado al cuello para no perderla y no volver a mi estado inicial de no identificada por las maquinitas. Me he especializado en comida italiana: espaguetis y lasaña, están de muerte. A las cinco nos dan la merienda. En el cuerpo no te cabe nada, hoy me he comido media Italia, pero colas y colas para merendar y donde fueres, haz lo que vieres, así que yo también meriendo unas ricas tartaletas de crema con frutas. Como mi tía Mª Eugenia ni come ni bebe, así está ella de estupenda, yo la pido un Mojito y se la pone cara de pilla. Me encanta el carácter de mi tía. Se apunta a un bombardeo y todo la gusta, disfruta y la llama la atención. Por cierto a mi Tito también le ha surgido su obra de caridad personal encarnada en un chaval joven que habla más que mi Ángeles. Trato de escabullirme, pero Tito me agarra por el cuello para que aguante a su papagayo personal. Al final le salvo diciendo como Colón ¡Tierra, tierra!... Estamos llegando a Helsinki.

Lo primero que te sorprende de esta pequeña ciudad que de arte no tiene nada, una iglesia llamativa llamada "La Roca" y la catedral que es la que veis en la foto y la estación de ferrocarril
en art nouveau que, por cierto Tim Burton se basó en ella para la película de Batman, no más. Lo que más destaca de Helsinki es la propia naturaleza, la exuberancia de sus parques; son bellísimos, y el cementerio, una pasada, ahí de muerto tienes que descansar divinamente. Delicioso es el puerto urbano rodeado de mercadillos de comida ¡Un kg de fresas 10 €, cerezas a 6 €!, el precio del alcohol prohibitivo así islandeses se pasan la vida en el ferri destino Estonia con un carrito que cuando vuelve rezuma cervezas. Los hombres islandeses  son armarios, los perfectos jugadores de rugby. La cabeza pelada, pendientes en las orejas y muchos con barbas muy pobladas…Digo yo que serán descendientes de Asterix, de Obelix no que era muy raquítico. La ciudad está limpísima; me tengo que merendar mis colillas para no manchar el suelo. Casi perezco por el atropello de un tranvía, tranvías de fabricación Made in Spain ¡Ole!
Pues sí, iba hablando con mi madre, que la mujer no se aclaraba si su hija se había ido al Congo o al Círculo polar ártico cuando el tranvía casi me enviste… Por cierto, para los islandeses el verano llega con los 15 grados; con 23 grados, se mueren directamente. Entre tanto pino y abedules gigantes, las florecillas emergen en cestos muy graciosos y coloristas.
Hora de volver al barco ¡Borregos al autobús!, no dice eso la guía, claro, pero a mí me suena así.
Lo que no sabía era lo que me esperaba a la vuelta en el barco. Uno de los momentos más místicos y hermosos de mí vida. Pero eso os lo contaré mañana…

miércoles, julio 20, 2016

BITÁCORA 3,..Mojitos a babor y estribor

Mar, solo mar…
Zarpamos de Estocolmo a las seis de la mañana mientras todos mecíamos nuestros sueños en un dulce vaivén, pero los que madrugamos tuvimos la oportunidad de envolvernos en bruma mientras los ojos se iban fundiendo de grises y las sensaciones despertaban.
Encendí el piloto automático, ese que me funciona cuando yo no funciono, y no me sirvió de nada. Un mareo inexpresivo hacía que todo se moviera sin yo moverme. Cerré los ojos para solventar la borrachera sin alcohol de las ocho de la mañana cuando una voz tan llena de vida me dejó sorda “¡Buenos días, Angelines! ¿Te he contado que…?” El mareo era tan fuerte que no pude contestar a mi diminuta Ángeles que aprovechó mi inercia para desarrollar el tema de la caridad bien entendida. Mi interior gritaba “Cállate o te asesino”, pero ni se calló ni la maté. Por el contrario, la bastaron cinco minutos para contarme la teoría del carrito mientras el mareo se evaporaba y podía volver a centrar la vista en un punto sin que este me bailara una sardana. Nunca me había dado cuenta de lo deprisa que puede hablar el humanoide; a muchos nudos, qué caray “Es muy sencillo, Angelines. Si todos fuéramos con un carrito lleno de tuppers o botes con comida caliente todos los días repartiendo a la gente que se abandona en las calles y parques, no dejarían de ser pobres, pero sentirían la humanidad, de los que más tienen, que se preocupan por ellos y les haríamos un poquito felices. Desde que me jubilé lo hago y Bla, bla, bla…”Como esta teoría, a lo largo de ocho días me desarrolló todas las que pudo en el momento que me pescaba. Al final yo la besaba y la dejaba tirada en cualquier cubierta mientras ella seguía hablando con el primero que se parara a su lado. Salí huyendo de sus redes en el momento que fui persona a apoyarme en la barandilla y disfrutar de aquel paisaje que parecía emerger de un cuento. Multitud de islas en ambas orillas  pobladas de casas de madera pintadas en amarillo, blanco y marrón. Frondosos bosques de abetos las rodeaban y suaves caminejos retorcidos entre la naturaleza apabullante. A los pies de muchos de los islotes se podían ver pequeños embarcaderos con barcas y yates. De hecho, muchos suecos prefieren tener un barquito a un coche pues viven profundamente inmersos en la naturaleza que deja de estar helada hacia finales de abril hasta septiembre.
El lugar idóneo es popa pues la proa está acristalada y no te dejar ver con nitidez. En cambio en popa podías disfrutar en patinaje del barco, suavemente deslizándose por aquellas aguas antracitas de rumor manso, y las gaviotas siguiendo la estela. El graznido de éstas terminó siendo unas divertidas campanillas en mis oídos. Cada vez más gaviotas que revoloteaban alegremente o se posaban en las barandillas sin ninguna timidez. Muy blancas, de alas grises en sus esquinazos y muy negras en el centro, y un pico amarillo que coloraba entre tanta ceniza.
Hacia las once entramos en mar abierto, casi veinticuatro horas rodeados de agua, en las que me pude dar cuenta que el infinito puede llegar a ser curvo y de esa manera comprobar que la tierra es redonda. ¿Qué, qué os dice el cuerpo? Yo también desarrollo teorías.
En esas horas en que imperó el vacío terrestre, pude deleitarme de la languidez de dejarse llevar sin más fin que el descanso, la buena lectura y la charla reposada. A veces una chispeante lluvia nos visitaba, otras, el sol se filtraba discretamente entre las nubes, y nos besaba la piel con tanta suavidad que parecían unas manos recorriendo un cuerpo muy, muy despacio.

Intenté añadir a mi vida marítima alguna actividad y fui dos veces a clase de baile. En una me invitaron a que me largara porque despistaba mi ritmo carioco al resto de los compañeros y la segunda, me largue por la puerta de atrás. No sirvo para ser borrega, ni vaca ni oveja. ¿Para qué sirvo? Yo qué sé, pero si pienso ahora, no disfruto; las dos cosas a la vez no puedo hacer. Así que me he decantado por el mundo de las sensaciones, los mojitos y las piñas coladas mientras la música country agasaja a mi placer del  Il Dolce far niente.

martes, julio 19, 2016

BITÁCORA II



Contactos en 3ª fase…
Más perdida que un pez en unos grandes almacenes, menos mal que mi tío Ángel es alto y he avistado su sonrisa rápidamente y rápidamente me abandona porque se va al camarote. Comienza a llover y las hordas desaparecen, ¡De puta madre!, me digo. Nos hemos quedado en popa cuatro pirados. Previamente he notificado a mi familia que si me buscan, me encontrarán en la planta 9, en popa, donde está el chiringuito de bebidas, hamacas, se fuma y más vicios. Me calzo el chubasquero, comienzo a estar en mi elemento porque llueve como si el mañana ya no fuera a existir. Delante de mí unas vistas espectaculares de la costa de Estocolmo. El cielo, tan diversificado de grises que estiro la mano para tocarlos. El silencio es una dulce cadencia envuelta en el chisporrotear del agua. Respiro hondo y no huele a mar ni a nada, más bien un aire que se me antoja limpio y fresco entra en mis pulmones. Pido mi primer Martini a bordo y enciendo un cigarrillo. Un pajarillo se pone a saltar entre los charcos, a beber en ellos y a levantar la cabecilla minúscula al cielo; los pájaros suecos son microscópicos. Un muchacho hindú se acerca a mí ofreciéndome una manta escocesa en alegres tonos amarillos a azules; se convertirá en mi fiel compañera todo el viaje. El muchacho tiene la piel muy tostada, los ojos hundidos y negros como el carbón pero su cara se ilumina al regalarme una sonrisa pintada de inmaculado blanco. La muchacha que me sirve la bebida es filipina, educadísima y preparada para entregar sonrisas a quien se la acerque. Me siento francamente bien, mi sensación de vaca borreguera ha desaparecido. A cambio aparece otro placer inesperado que, por imprevisible, aún me impacta más: las gaviotas suecas.
¡Son bellísimas!, delicadas en su pose, danzarinas en su vuelo. Su tamaño es mediano y sin duda no temen al hombre y la barandilla del barco rezuma elasticidad para las piruetas que se disponen a hacer delante de los cuatro pirados que permanecemos en silencio asombrados por la gracia sensual de aquellas aves.
Una mujer solitaria, entrada en años, con  un color de pelo teñido seguramente por un enemigo, me está mirando. Me hace un gesto de complicidad. Me gustan sus ojos cargados de tristeza, su forma de fumar decadente, de una dama del siglo pasado, su soledad garabateada en su rostro. Me inspira ternura esta mujer abandonada a sí misma.
“Mi Pepe”, todo alterado, como siempre, me viene a buscar. Hay que cambiarse para ir a cenar. ¡Ay cómo mola!, me da por pensar que estoy en una especie de Titanic y es la hora de lucir galas elegantes, dejarte ver por el comedor inmenso plagado de arañas y las cabezas volviéndose mientras tú pasas lentamente para dejarte ver. Abro la maleta rápidamente y elijo un modelo que ni pa ti ni pa mi, vamos, una mezcla entre el chill y el out pasando por Albacete. La verdad es que estoy mona. Tan mona que digo a mi Pepe “Vamos y me haces unas fotos en cubierta” “Si está lloviendo, Gordita” “Da igual, tú me las haces”, y como cordero guiri  con cámara al cuello va a la cubierta que está cubierta. Esas cubiertas por las que se paseaban las damas del Titanic en las que había tumbonas y lánguidamente se sentaban ellas, ¿sabéis lo que os digo, no? Pues ahí me retrata “mi Pepe” y no se moja así mi tierno y obediente cordero guiri. No os cuento la cara de lela con la que me saca, ¿para qué? Odia hacerme fotos y ese odio se traslada al objetivo. Tanto me enfoca que se me plisa la cara y los ojos bizquean. “Valgo yo más al natural”, me digo para animarme.
Llegamos al comedor muy, muy deprisa y nos dicen que antes de cenar hay simulacro. ¿Simulacro de qué? Por si ti ahogas, pues que sepas que tienes que hacer para que no te pase lo del Titanic, digo yo.
Las escaleras abarrotás. Las hordas suben y bajan buscando el simulacro que les corresponde y de repente veo descender a mis tíos con el flotador al cuello ¡Muy tomate!, estaban graciosísimos, me inspiraron una ternura infinita y con ganas de salir corriendo hacia ellos para abrazarles; las hordas me lo impidieron.
“Pepe mío, yo quiero un flotador como el de mis tíos”, le digo y me responde el muy sabiondo que hay que ir al camarote a por ellos. Meneos por aquí, meneos por allá, logramos alcanzar nuestro camarote y coger los flotadores. ¡Qué estrés, Virgen del Chiringuito más próximo! Bajamos corriendo, nos identifican. Bueno, identifican a “mi Pepe” que lleva la documentación reglamentaria porque yo sigo sin identificarme a mí misma, pero cuando acabamos de salvarnos con flotador y barca, subo corriendo a por mi tarjeta; sin ella no me dan ni un vaso de agua y el cuerpo me pide un cubata.
Cenamos, por fin. Qué bien servido, qué amabilidad, qué buen hacer. Nos sientan con unos desconocidos y ¡lo que hace 30 años de matrimonio, madre!, pues sin consultarnos, mi Pepe y yo nos convertimos en “papagayos rompehielos” Aquí conocemos a una adorable ancianita llamada Ángeles, como yo, y que rápidamente me rebautizará como Angelines…Comienzo a sentir la necesidad de capturar imágenes, rostros, sonrisas, voces, ademanes. La fotografía del comedor era deliciosa, no por su belleza en sí, que la tenía, sino por ese ambiente que desprendía reposo, buen rollito, y alegría a la vez.

Huyo de las hordas musicales y subo a popa. Está anocheciendo, son casi las doce de la noche. El cielo se ha vestido de rosa, las famosas noches blancas. Huele a salitre y un vientecillo suave agita mis pensamientos. Tan enfrascada estoy que no escucho las diminutas pisadas de la adorable ancianita que me pregunta “¿Te he contado…? Ocho días con sus noches para contarme. Ángeles es tan pequeña como el tapón de una botella de buen tinto y, aunque no me gusta el tinto, sé reconocer su aroma  y con ello la oportunidad de extender mis brazos invisibles a alguien que necesita imperiosamente el contacto humano. 

lunes, julio 18, 2016

BITÁCORA,en sensaciones,DE UN VIAJE

Pensaba escribir una bitácora como mandan los cánones, pero lo mío es un desorden más o menos organizado donde vuelan las anotaciones alocadas hasta en servilletas, así que empezaré por donde me guíe el instinto. ¿Me acompañáis?

I: EN AUTOBÚS A ALGUNA PARTE
Lo de las excursiones organizadas tiene su puntito borrego. A los turistas accidentales, como no sabemos muy bien si vamos hacia el norte o al sur, pues para orientar nuestro despiste,  nos ponen a una propia para que la sigamos. La propia en cuestión lleva el brazo alzado todo el rato y en la mano un distintivo para que la reconozcas. Ahora está muy de moda llevar una rosa gigante con un palo muy largo. La rosa baila una rumba desproporcionada y los borreguitos la seguimos sin rechistar. No suben a un autobús. A “mi Pepe” y a mí nos separan; no hay sitio para ir juntos. A él le sientan con una mujer con el corte de pelo de hace tres décadas, y a mí me colocan con un hombre que alterna el morderse las uñas y abrazar a su mochila. Nada más verme, se hace el dormido. La compañera de mi Pepe, a su saludo, responde con un estiramiento de cuello a modo jirafa y se la ilumina el rostro. Desde el minuto 0 se embelesa con mi chico y él comienza a hablar como los papagayos. Yo, no. El mío es siniestro total. Acaba de abrir los ojos. Abre su mochila, saca su contenido (agua, funda de gafas, pañuelos para mocos o sucedáneos y móvil) lo vuelve a meter en la mochila bien colocadito y cierra la cremallera. Se abraza de nuevo a la mochila. ¡Pobre!, pienso yo, “seguro que sufre de soledad y se ha apuntado al crucero a ver si pilla algo, qué lástima. Si viviera en Suecia que el 23% de la población es single lo tendría más fácil. Allí la costumbre es salir el fin de semana a buscar pareja para pasar dos días. El domingo por la noche se dicen “hasta luego Lucas” y asunto solucionado”. Me aburro. Miro hacia delante y “mi Pepe” sigue en versión papagayo y su compañera totalmente entregada y embelesada.
¡Ojo!, mi siniestro no va solo, va con sus papás. ¡Qué lástima!, a su edad sin poder volar solo, y no se va a comer un colín en el crucero, eso seguro… Ay, que mi siniestro habla. Me da un manotazo para apartarme y ver a sus padres y dice “Papa (sin acento en la A) los campos están llenos de margaritas como en Madrid”, ¡qué pena!, encima el siniestro es sensible. Cuántas MariPuris suspirarían por tener uno así a su lado, pero éste no se casa ni de coña. He mirado a la madre y es de las del hocico revirado; no hay nada que hacer.
La madre se la nota ser una mujer muy relimpia, de esas de las de bayeta debajo de los pies las 24 horas… La embelesada de mi chico suelta una carcajada, ¿qué la contará si a mí nunca me hace reír? ¡Pobrecilla!, estará necesitada de varón a su lado. Claro que con ese corte de pelo, no sé yo…
La madre mi siniestro dice”Cierra los ojos y descansa”, y va y los cierra ¡qué lástima de chico, ni voluntad tiene!, seguro, se la ha anulado y no es capaz ni de suicidarse por el retrete. Coge la mochila y la acaricia, ¡pobre!, será lo más parecido a una piel en femenino que toque…, me dan ganas de decir que la sobe más, pero he decidido ser prudente y voy muda.
El padre va inmaculado, con la raya de pantalón más recta que el horizonte infinito. ¿Habrá sido capaz la madre de traerse una plancha al crucero? Seguro.
“Guillermo, vamos”, dice la madre. ¡Coña, que ya hemos llegado!... Veo a mi Pepe despedirse y la embelesada abanicar sus párpados. ¡Muy tomate!
La llegada al barco ha sido caótica. No había visto tanta gente junta desde que mi Atleti cayó destrozado ante el Real Madrid. Me siento como una vaca al tren conducida al compartimento correspondiente.
El Barco es gigante, más grande que “la barca del Catarro” en el Campo Grande de Valladolid… ¿Seré capaz de aprenderme los pasillos, las discotecas, los comedores, las piscinas…, vamos, todo, todo, en ocho días? Muy tomate pagar un pastón para sentirse una vaca.

¡Ay!, que he perdido a “mi Pepe” con tanto mirar, y no tengo ni mi Pasaporte para que me identifiquen como objeto perdido y hallado en Popa, en la zona de fumadores.

domingo, julio 17, 2016

L`EUROPE

Estas letras amontonadas y distraídas las encabeza una foto. Para mí esa es la actitud que debemos tomar… Las cosas más simples son a menudo las más reales” Juan Salvador Gaviota

Me he despertado con un sonido que he creído reconocer como el graznido de una gaviota, pero el rabo de mi perro abanicando mi cara me ha sacado de la desorientación y mientras me hacía café ha venido por la puerta de atrás de la memoria una imagen: yo estaba en un aeropuerto rodeada de españoles con diversidad de acentos pero con una puesta en común: su alegría, sus carcajadas, nuestras voces chillonas tan características; ese recuerdo me ha hecho sonreír junto a la siguiente imagen de un muchacho que cumplía 40 años y se le saltaban las lágrimas por estar rodeado de su gente, por sentirse agradecido por el cariño recibido en un día que se aunaban 110 años, los suyos más los de su padre. He mirado el goteo de la cafetera y he vuelto a sonreír.
Después me he encaminado a encender el ordenador a llenarme de otras realidades, tan duras como espeluznantes. Me enteré de ellas muy lejos de casa mientras saboreaba una piña colada y mis ojos se rodeaban de mar. Una mujer italiana, sentada en la mesa de al lado la oí decir asustada “L`Europa é malata”, otra mesa cercana con acento andaluz sentenciaba “Estamos locos”, y poco a poco la piña colada fue dejando un sabor amargo en mi garganta. Todo mi entorno ya hablaba de lo mismo. No estaba asustada, ni siquiera estremecida, pero mi mente se preguntaba repetitivamente “¿Por qué?” Sí, tal vez una pregunta tonta, absurda cuya respuesta me di yo sola al cabo de un rato cuando me aleje de las voces y me fui a un rincón solitario donde solo el rumor del viento me hacía compañía “Ausencia de valores y desigualdad social atroz” aunque no me cabía en la cabeza que el mal pueda vencer cuando hay millones de personas buenas. Muy infantil mi aseveración, sí, pero es lo que siento cada vez que miro al mundo. No quiero negarme la parte oscura del hombre porque ahí está sembrando el terror. Mis ojos han bebido con avidez los titulares de los periódicos en esta mañana que no sabía aún muy bien dónde estaba. Ocho días desconectada y he encontrado más de lo mismo y más. Mi mente se parte en dos: la ceniza y la positiva, pero sin querer obviar lo que hay en este presente cruel, mi cabeza me dice que la actitud del ciudadano de a pié, es decir, tú, yo, nosotros, ellos… ha de ser seguir regando bondad, cariño, alegría, agradecimiento. Conformar una cadena humana que lucha con su actitud y aptitudes contra la incomprensible de la barbarie.
Me vuelve la fotografía del aeropuerto, esos españoles disfrutones, buena gente, hablando con propios y extraños, compartiendo momentos y leo las sandeces que dicen nuestros políticos y me digo “No nos merecéis panda de mermados”

Tal vez tenga razón mi amiga Aurora cuando dice que no sé describir gente mala y yo le contesto  “Me quedo con lo bueno del mundo que es mucho”