domingo, diciembre 04, 2016

HISTORIAS DE MI AUTOBUS, Polvo y chocolate

La realidad supera la ficción. Si a esta verdad irrefutable añadimos que hay días en que me levanto con espíritu justiciero a lo Agustina de Aragón…, la historia está servida.
Ocho de la mañana y montada en mi autobús. Iba enfrascada en un artículo divertidísimo de Pérez Reverte cuando por el rabillo del ojo noté que alguien se sentaba a mi lado, de una cartera sacaba un periódico, y se disponía a perderse tranquilamente en un mar de letras… Pero no habían pasado ni cinco minutos cuando escucho una voz cuyo tono era un desafío “levántese de ahí”
Levanté la vista y encontré a una mujer de mediana edad (versus yo) increpando a mi vecino de asiento. Mi cabeza se preguntaba “¿Qué tiene que ver una mujer con cara de vinagre (pobrecilla, seguro que si no estuviera necesitada de un buen polvo, su cara sería un jardín) y un hombre negro que, por cierto, es guapísimo?”… Polvo empecinada en que Chocolate se levantara del asiento; cada vez más histérica, por momentos más irracional, y el hombre aferrándose a su maletín sin saber qué hacer, y yo deseando volver a los brazos de Reverte… Hasta que aquella situación histriónica me superó y alcé la voz –recordad que Agustina tomó cien cañones por banda.
-¿Por qué no se larga? El caballero llegó antes que usted
-No me da la gana; quiero sentarme. Tengo derechos.
-Pues espérese a que alguien se baje para satisfacer sus derechos.
-Quiero sentarme ahora y este tío se levanta ahora mismo como me llamo Carmen-Chocolate comenzó a levantarse y yo le tiré del brazo para que volviera a sentarse. Polvo le tira del otro brazo y el periódico se va a tomar café encima de la calva de un anciano. El conductor frena y pregunta qué pasa; el pollo estaba guisado.
… Lo que más me fastidia es que, ¿Diréis quien ha terminado subiendo la cuesta andando? Chocolate y yo. No porque nos echaran del bus sino por mi orgullo mal traducido. Muy digna dije a Chocolate:
-Los locos cuánto más lejos, mejor. Vamonos.

… Chocolate me ha dado las gracias y se ha cruzado de acera… ¿Se pensaría que la chiflada era yo?... Me ha dado por pensar en mi marido: feliz, ignorante a las locuras mías que tanto le alteran pero, ¿vosotros no hubierais hecho lo mismo?

viernes, diciembre 02, 2016

SE VA EL CAIMÁN, SE VA PARA BARRANQUILLA

Tengo mucha pena, una penita gorda. Uno de mis niños se independiza y me da una lástima, si es que es un niño, solo tiene una treintena de locuras a sus espaldas y una mente de quince. Mi Pepe me dijo “Ya es hora, hija, ya es hora” ¡Qué rancio es, leches! Cómo se nota que no se jugó el tipo por esa criatura de novecientos gramos sin kilos de por medio como yo. En su mente pragmática me añade “Tú te fuiste a los veintiséis” Yo me callo porque mis interiores dicen “Ojala no me hubiera ido, la gran ciudad nunca fue para mí, me pasó lo mismito que a Paco Martínez Soria”, pero me callo porque muy en el fondo tiene razón. Luego mi Peluche me reflexiona “Mami tengo que aprender a madurar” Y ahí ya no me callo “Hijo yo con la independencia matrimonial desmaduré y desmadré. Me fui con veintiséis y ahora tengo catorce, muy arrugados pero catorce” Luego me arrepiento de haberle hecho esta confesión tan intima porque con estas confesiones lo único que te traen es que nadie te tome enserio como es mi caso.
Pero como la cosa va de verdad verdadera que se larga con sus chismes y los cientos de zapatillas de correr que tiene, me he brindado a hacerle el ajuar. He visto unas sábanas en Almacenes España de amapolas y otras de margaritas ideales; se lo cuento emocionada y me contesta “Mami no se te olvide nunca tu mal gusto. Las quiero negras” Rápidamente llamo a mi madre para hallar consuelo y cuando la narro mi pena negra por unas sábanas negras, mi madre que está sorda ya de por vida y que no quiere ponerse trompetilla porque aún es joven me dice ¿No es un poco oscuro que pintes la casa de negro? Lo bueno del estado de mi madre es que después de media vida más un cuarto discutiendo con ella y ella conmigo, ahora no se entera de qué va la vida. No obstante insisto porque entre el búho en el techo y el negro de las sábanas estoy en un ay. Para que mi madre se centre, hay una palabra mágica. Nuestro perro su palabra fetiche es “Galletita”, pues bien la de mi madre es el nombre de mi Peluche. Ahí saca las parabólicas a relucir y me pregunta sobrexcitada ¿Una novia  de qué color, hija? Ahí la dejo, no me hago con mi madre.
He llorado profusamente por esa penita de perder pollo en edad de crecer, ¿qué va a ser de mí los viernes en los que limpiaba amorosamente su habitación y encontraba por el suelo hasta doce céntimos un día, que rápidamente los metía en la hucha de viajar?… Ahora sin hijo, sin polvo que limpiar ni céntimos para viajar, ni siquiera cotillear en sus chismes. ¡Ojo! Soy madre discretísima, jamás he tocado nada de mis peluches, ha sido el plumero que ya que pasaba el Pisuerga por Valladolid pues…
En fin ya estoy haciendo proyectos para la habitación de mi niño. Primero la subastaré a mi otro Peluche, como ese es muy suyo a la par que agarrado, no pujará por los metros cuadrados libres de dueño, así que no me quedará que pujar yo y quedarme con ella. Eso sí, su cama y sus trofeos se quedarán in memoriam de mi gran Peluche. El resto ya se lo puede llevar o se lo tiro por la ventana.

¡Buen fin de semana!

jueves, diciembre 01, 2016

PEQUEÑAS HORAS, GRANDES DÍAS

Ya he perdido el miedo o el respeto al metro. Hubo un tiempo en mi vida que pasear por el subsuelo arrastrada por gente, subir y bajar escaleras mecánicas, zambullirme en una lata sardinas que era el vagón, tenía que cerrar los ojos para que el aire siguiera entrando en los pulmones, para omitir aquella multitud de rostros sin cara que destripaban mi escasa energía, pero  aquel tiempo pasó como una nube de aguacero en la que resistí el chaparrón y salí con pequeñas muescas en el alma, eso sí, de por vida.
Pero ayer me subí, o me bajé del metro como un pasajero más que navega por la gran ciudad. Iba a una cita, un compromiso. Trato de eludir compromisos si no me gustan, pero este no supe decir que no. Una voz amable me llamó la noche anterior. Un matiz, una expresión, no sé qué fue. El encuentro sería en un emblemático edificio al que le tengo cierta aversión por ser el buque insignia de un grupo social que siempre me ha dado repulsión, antipatía. Un grupúsculo snob y prepotente cuya voz y postura ante la sociedad es de denuncia aunque luego sus hechos, sus obras, vayan por otros derroteros muy distintos a sus denuncias; por eso les rechazo. Siempre creí que la palabra y la obra debían caminar juntas y hacerse ver unidas, acordes. En fin, ha llegado un momento en mi vida que me revelo pacíficamente o sigo mi camino omitiendo posturas que no me gustan. Allá cada cual.
El caso que llegué al lugar y en hora. Me sentía una hormiga observando mi entorno tratando de hacer justicia con mis manías e ideas a veces tan absurdas. Disfruté con los ojos, mucho. La verdad, dejando de lado las ideas, el edificio emana un puntito canalla glamuroso delicioso. Gente conversando al aroma de un café o al frescor de una cerveza; deseé sentarme en una mesita y seguir observando, pero mi cita me esperaba.
Subí al segundo piso ¡Qué cantidad de gente! Se trataba de una puesta en escena para dar a conocer los vinos de la Mancha. La gente allí era muy distinta a la de la planta 0. Hombres de campos de piel quemada por tantas añadas al sol al frío y a la intemperie. Te hablaban de su uva, de sus procesos de elaboración, con tanto cariño, que el amor por las vides y la tierra destilaban por sus voces y maneras. Íbamos de puestecillo en puestecillo haciendo catas. El grupo lo formábamos seis personas. Tres mujeres y tres hombres. En los hombres leí tanta humildad que dije para mis interiores ¡Qué suerte tienes, muñeca! En las mujeres leí madurez y sosiego que me hicieron sentirme en casa, dos madres amparando al polluelo. La madre de mi amigo me hablaba en un lenguaje llano cuya cultura nada menos que era la experiencia. Mi otra madre me contaba los pálpitos que calla para no ser tomada por una chiflada de consecuencias imprecisas. Hacía tiempo que no escuchaba con tanto deleite mientras ingería pequeños sorbos de distintas aguas rubias y diferentes añadas. De vez en cuando un trozo de queso, una anchoa, pan, para empapar tanta agua hecha con esmero. Finalizó aquella cata tan especial con un cava toledano que tuve que admitir con todo el dolor de mi corazón que era mucho mejor que el que elaboramos en mi tierra. Repetí varias veces de la espuma alegre hasta sentir que mis pies volaban alegremente y repartía besos por doquier.
Llegué a casa con “un melocotón considerable”, y en apenas tres horas tenía la segunda cita del día; debía estar presentando la novela de una amiga en la cual yo era la prologuista. La lengua se me rizaba bajo la ducha y mi cabeza había borrado lo que iba a decir aquella tarde. Me desplomé en la cama y me desperté con el tiempo justo; seguía sin acordarme de mis palabras mientras en la cabeza me zumbaba mi frase mítica “Vaya tomate, vaya tomate”
Me volví a zambullir en el metro con la chuleta guardada en el bolso y como último recurso la foto de mi amigo Iñaki en la frente. Era una instantánea simple de dos libros: Sevilla…Gymnopédies y No me callo escrito por una política. A eso añadía la advertencia de mi editor en la que debía  imprimir alegría a mis palabras pues la protagonista la acababan de dar una mala noticia y estaba hundida… Pero de mis palabras, esas que había estado cultivando durante días, ni rastro. Se las llevaron los vinos manchegos ¡Maldita sea mi estampa!
Llegué, la sala muy concurrida. Saludos, sonrisas y al tomate. La primera que hablaba era yo. Delante de mí una botella de agua pidiéndome a gritos “Bébeme” y ojos esperando mis palabras, esas que había perdido.
Pero ocurrió el milagro, ¿cómo? Ni idea. Solo sentí que me desnudaba, Un ropaje de piel y tela cayó al suelo y comencé a decir con una serenidad pasmosa  “Escribir es la manera más hermosa de entender y leer la vida. Los escritores somos una raza extraña navegando en una nube de sueños disfrutando el privilegio de hacer felices, de acompañar a los lectores….Bla, bla, bla…”

A una hora imprecisa me estiré entre las sábanas de hilo que una vez bordó mi madre. Su frescura, su aroma, me ayudaron a recordar la intensidad del día en cada recoveco vivido en esas pequeñas horas dilatadas por un gran día como una mariposa de alas largas de colores vivos. Lo último que recuerdo es la voz de mi hijo mayor contándome que en su casa pondrá un búho en el techo. Menos mal que cuando me he despertado y he mirado al techo, yo no tenía un búho porque de tanto seguir a mis hijos soy capaz de comprarme yo otro y eso sería ¡Muy tomate!

jueves, noviembre 24, 2016

AZUL

Hoy ha amanecido azul, de azul tibio e invernal pero igualmente alegre.
 Hoy no hay tropezones de gris, se han ido a las montañas a pintarlas de blanco.
Me asomo por la ventana y veo caminar a la gente con otro brío por esos rayos desapasionados que caen sobre la ciudad mientras los parques, los jardines, invernean desnudos de hoja y flor.
Quiero ver en mi memoria los campos yermos, taciturnos de vida, cuya única música es el silbato del aire. Las espadañas  esperando turbadas que lleguen Maitines a las cuatro treinta de la madrugada, Laudes a las siete, Tercia a las nueve, Sexta a las doce, Vísperas a las seis treinta de la tarde, y Completas antes de dormir. Sí, los conventos de ciudad y de campo vuelan sus campanas en esos momentos del día.
Espadañas espigadas de sonido y cobijo de cigüeña, ¡Son tan hermosas! en medio de la llanura vacía. Semejan  jirafas oteando estaciones.

Pero a lo que iba que me pierdo entre montañas y aromas de leña…Después de días en que nubes glotonas comieron el azul más brioso, regando calles y almas, hoy amaneció de azul para pintar nuestro cuerpos de luz.

miércoles, noviembre 23, 2016

MADRE


Madre, déjame que te seque los ojos; por tu cara ruedan estrellas penitentes, apagadas como cirios, mustias cual flores marchitas.
Están temblando tus manos… Lo sé, es el requiebro de las sombras que las apenan.
Ahí sentada, con la vista perdida, das lástima hasta tu propia pena. Lo intuyo, no hay nadie que te escuche si no es el eco de la ausencia.
Estás esperando a que la nada te diluya. Y tarda tanto…

Desde esta mañana sientes miedo y aún es de día. ¿Qué pasará esta noche cuando el ruido del mundo calle y la oscuridad se ciña a tu cintura? Tu corazón aún tiritará más porque las tinieblas son como la muerte; apagan todo.

Madre, no me ves, no me sientes…, pero estoy a tu lado.

domingo, noviembre 20, 2016

LULÚ

Abrí los ojos. Una gasa blanquecina difuminaba la visión; los volví a cerrar. No era sueño lo que me impedía abrir de nuevo los ojos, era algo más que no acertaba a definir. Sin fuerzas, me dejé arrastrar por aquella extraña desidia y somnolienta pereza. Por algún lugar entraba una luz clara, suave, tenue, que se filtraba debajo de mis párpados sin molestarme, pero me seguía fallando la energía, como si los fusibles del ánimo se hubieran fundido en una debilidad y  un apocamiento dentro de mi cuerpo e impidieran cualquier movimiento.
Me dejé llevar, no sé cuánto tiempo más hasta que fui capaz de levantar los párpados. Comprobé que la gasa inicial en mis ojos se había evaporado. Sin mover la cabeza, desplomada en la almohada, el campo visual era muy reducido. Apenas una pared pintada de rosa; no pude mover más los ojos pues la cabeza me pesaba un quintal.
Sí, eso fue, el peso de la cabeza inundaba mis sienes de un martilleo sincronizado, constante. Empecé a comprender que todo mi mal derivaba de la cabeza. Nada de lo que intentara serviría. Era mejor seguir así, lastrado en un jergón donde se hundía mi cuerpo de goma. Cerré por enésima vez los ojos, comenzaban a pesarme también. Unos segundos más y los volví a abrir. Se estrellaron en el suelo y allí estaba ella, Lulú.
La encontré bocarriba, desfallecida, con los brazos en cruz y su piel tostada palidecida. Sus ojos estaban clavados en el techo, sin vida, desdibujados. Me dio por pensar en los límites de un pensamiento reducido a escombros que Lulú había desfallecido de un orgasmo sensorial. Sus pechos, lívidas montañas, permanecían pronunciadas en su abdomen. Sus caderas, taponadas de tela adivinándose su cintura de avispa. Esa falta de decoro en su impostura me hacía desdeñar su carácter libidinoso; yo no tenía cuerpo en ese momento. No obstante, con un brazo traté de amarrarla, pero un martillazo en mi cabeza me hizo perder el sentido. Menos mal que cuando desperté, al buscar con avidez a Lulú, seguía allí en su abandono tan cadencioso como erótico tirada en la alfombra. Volví a alargar mi brazo y mi mano se convirtió en tenaza agarrando su falda, pero al sujetarla, descubrí que su ropa cubría a Marilú; el descubrimiento me dejó de piedra.
Traté, traté infructuosamente de recordar, pero en mi cabeza seguía en estado de yunque y los golpes en mis sienes me restaban consistencia. Miré a Marilú, su piel era puro azabache, sus ojos, idílicos paisajes caribeños, tan frondosas sus pestañas como verdes sus pupilas. Me miraba desafiante, esperando algo de mí que yo no supe darla.
Me volví a dormir, esta vez la verdad no sé cuánto tiempo, pues cuando desperté, adiviné la misma luz que se tamizaba por mi flequillo, un haz grisáceo, dulce, penetrante… Giré la vista y encontré en el suelo a Marilú con la misma provocadora mirada. Sin advertirle, sin que adivinara ella nada de mí, agarré su cuerpo, el de Lulú también, y los guardé debajo de mi cuerpo. Nos olvidamos los tres que ahí fuera podía existir un mundo paralelo.

-¡Javier, Javier, despierta! Son más de las ocho. No llegas a trabajar.

He abierto los ojos, me he precipitado al vacio ¡Qué resaca, madre mía! Al levantarme, he notado un bulto bajo el cuerpo. He mirado y he encontrado a Lulú y Marilú ¡Ños, qué desastre soy! Se me había olvidado dar la muñeca que traje a mi madre de Cuba.

viernes, noviembre 18, 2016

PALABRAS PARA TI

Hoy no vi luz en tu sonrisa.
Tu rostro permanecía aprisionado en pesares.

Quise acercarme al barco de tus días solitarios, acariciar las penas que ensombrecían el carácter de lavanda que siempre te acompaña.
Bastó una mirada fugaz para comprender lo inalterable de tu melancolía mezclada en rojos, ocres y marrones y, de pronto, me ha venido a la boca el sabor de nuestras añadas compartidas…

He oído el canto del grillo y el silencio de nuestras pisadas desde aquel verano de sol, encinas y libros rotos.

Amiga, recapitulo en mi cuaderno de vida y leo que cuando el sol se acuesta y el viento del norte sopla sobre mis acantilados nocturnos, tú ahí estás como el faro guía en un mar de tormenta.
Tu estampa incandescente fortalece a mi corazón entorpecido por el caos diario.
Tu presencia es el remanso donde deposito las palabras que salen a borbotones.
Me recuerdas quién soy sin velos difuminados…

Amiga, juntas robamos tiempo al aire para respirar el polvo del camino y compartir hazañas castigadas, aunar fuerzas para seguir.
Eres el puerto donde anclan mis lágrimas de hiel y sonrisas de luna.
A menudo navego por otras aguas, pero cuando vuelvo ahí estás, serena tu persona y mano tendida para amarrar tempestades.
Entonces, el sol calienta nuestra tierra y el sudor cae como un ángelus sobre nuestras almas.

Hoy, ante la ausencia de tu sonrisa, te recuerdo que el mar zozobra tus horas, pero jamás hiere la esencia de tu salitre, fachada marítima y costa salpicada de playas de finísima arena… Así eres tú, amiga.

Hogaño eres gaviota herida, de alas cortadas; toma las mías y vuela a tus amaneceres perdidos.

martes, noviembre 15, 2016

¡MUEVE EL CULO!

Unas cosas llevan a otras. Un pensamiento recala en otro. Total, un buen día nos damos cuenta que somos el fruto de una cadena. Una cadena que vamos construyendo nosotros. Unas veces a velocidad de crucero. Otras, con ansia y una prisa que tragas sensaciones sin haberlas masticado. Muchas, pasan desapercibidas. Sin embargo soy de los que opina que la vida nos da alguna oportunidad más para enmendar nuestros despistes, errores, meteduras de pata, nuestra desidia y olvidos. Y ahí es cuando damos el Do de pecho. Quizá no arregles nada, incluso lo estropees más. A mí me nace una sensación muy romántica, tan apasionada y novelera que no me puedo desgajar de ella. Muy por el contrario, caigo seducida en sus redes.
Y caigo porque mi vehemencia me lleva a equivocarme tantas veces que me paso media vida perdonándome y tratando de reconstruir mis pasos y cada nueva luz que llega pienso que el nuevo día me brindará esa oportunidad que desperdicié.
¡Cuántas veces me he ido a la cama con los pensamientos rotos!, y cuando he despertado he recogido los pedazos poniéndome a reconstruirlos. Otras los he guardado en el cajón de la memoria para mejor ocasión; todo menos rendirse.
El otro día estuve con mi editor, no le encontré acelerado como es su costumbre por las montañas de asuntos pendientes. Me quejé suavemente de ser una don nadie en el panorama literario, lo mucho que me había espachurrado la sesera en darme a conocer y que ninguna puerta se me había abierto. Incluso había estado machaconamente en las librerías para que expusieran mi novela Sevilla…Gymnopédies en los escaparates…Habían preferido a Carmen Posadas; lo comprendo, es más, es lógico, las habichuelas se las va a dar Carmen Posada no Mª Ángeles Cantalapiedra. Seguí hablando sobre mis descontentos, demandas y lamentos de manera tranquila y pausada pero llegó un momento que me di asco de tanta ñoñería por mi parte “El que mucho se queja, termina siendo odiado y apartado”, me dije. Resoplé, me levanté y me fui a la calle y ahí quedó la cosa.
Llegué a casa y me puse a hacer un video publicitario casero. Mi prima Blanca me dijo que muy mono pero que las letras no se veían un carajo. Tenía toda la razón. Desanimada me fui a la cama.
Pero ayer alguien habló de la navidad, esa estación de quince días que cada vez la odia más gente por generar desencuentros, gastos inútiles ¡Y qué narices!, porque ya no se cree en ella.
Como siempre yo nadando a contracorriente ¡Me encanta la navidad!, veo en ella tantas posibilidades y positivas que me niego a renunciar a ella, ¡allá cada cual!, más desde que cayó delante de mis ojos el anuncio de la lotería de navidad de este año… Mi cabeza alocada una vez más registraba los Input/output de las posibilidades macroeconómicas de mi novela “Sevilla…Gymnopédies” mientras que mi yo “Rendirse jamás del peluquín” se espachurraba en hacerse notar para que  la gente tenga en cuenta mi novela, la conozca, la done a un amigo, a una tía abuela, a su vecina…,yo qué sé.
Y me puse manos a la obra con el mismo frenesí e ilusión que cuando saco a la niña que llevo dentro.
“El no ya lo tienes, pero no te rindas” Este es mi nuevo lema. Ahora tal vez no escriba mucho por estar inmersa en mi nuevo proyecto de sacar cada día un eslogan; he leído mucho estos días sobre el impacto emocional, probaré si he aprendido algo.
“Jamás te rindas” Seguro que hay una segunda oportunidad esperándote. 
¡Mueve el culo!

lunes, noviembre 14, 2016

ÚLTIMAS ROSAS DE MI JARDÍN

Las últimas rosas de mi jardín… Pronto creceréis solas y abandonadas por el olvido, pero hoy me deleito de vosotras en el sol de media tarde, ese que cae dorado, tierno y diciendo adiós a las horas. Sois rosas maltrechas, maltratadas por calores desmesurados, pero los grados templaron y lleváis semanas de esponjoso colorido. Rojas, amarillas y anaranjadas. De capullo pasáis a pétalos de terciopelo y, antes de iros, os arrugáis con la gracia de quien se sabe hermoso. ¡Ay mi jardín!, desde chiquita he crecido a tus pechos, detrás de algún roble más de una lágrima he escondido, y por tu césped han rodado las risas de hijos y amigos. Bajo la penumbra de la noche, nos ha deleitado con tus aromas y el canto del grillo. Y hoy te me pones guapo y acicalado para un adiós que no está lejos. Bajo ese sol que muta a membrillo, el verde de tus pies es musgo tierno, las flores son más rojas y el infinito más lineal. Siento abandonarte, pero tú ya sabes que la vida es una estación de tren donde unos suben y otros bajan. Tú me dices “Hasta luego” con un ramillete de tus mejores rosas mientras ya te vas meciendo en esos silencios largos en que dormirás los meses crudos del invierno hasta estallar en primavera con nuestro reencuentro.
En estos días ha vuelto a salir el sol, el viento para sus aspas y muta a conciliador, y los pajarillos han decidido también despedirme alargando sus trinos subidos a los pedestales de unos árboles aún vestidos de hojas de verde desmaquillado, ambar y rojizas.
En nada, volveré a escenarios agobiados de prisa y belleza prefabricada, y mi cuerpo se refocilará de premura y desgana, mugre y hollín de la gran ciudad porque el futuro, aún no escrito, me espera, y para poder avanzar y seguir tartamudeando mi propia historia, he de quedarme quieta, quizá mirando las últimas rosas de mi jardín.

domingo, noviembre 13, 2016

AUSENCIA

Me desperté en medio de la noche. Tenía la sensación que faltaba aire y la oscuridad comía mis ojos. Palpé la cama y no encontré en ella más que el hueco de la ausencia. A trompicones me levanté con la desorientación de quien  acaba de encender la cabeza y esta responde perezosa. Salí de la habitación y vislumbre una luz amarillenta al fondo del pasillo; era la luz de la farola callejera, la centinela que ilumina a los despiertos. Paseé por las sombras fantasmagóricas de los muebles, de suelo, de las paredes, pero no encontré a mi ausencia. Volví a la cama preguntándome dónde estaría y, como estaba intranquila, volví en su búsqueda. Cuando ya volvía sobre mis pasos, me di cuenta que mi ausencia podía estar en la habitación de Íñigo; no me equivoqué.
En el patio de luces tres ventanas estaban encendidas, las justas para que me permitieran ver a mi ausencia resguardada en la almohada de Íñigo con su olfato pegado al almohadón. No hice amago de cogerla en mis brazos y llevármela al hueco de mi cama vacio ocupado las últimas semanas por mi ausencia.
Volví a la cama e instantáneamente me quedé dormida. Al cabo del tiempo, debía ser amanecida calculando el tiempo transcurrido en los vahos del sueño, escuché la puerta de la calle que se abría sigilosa y unos pasos menudos ir al encuentro de Íñigo. Después, mi ausencia hacía dos intentonas de subirse a mi cama y ocupar su hueco ¡Curioso!, me dije mientras acariciaba su piel y nos acurrucábamos para completar la noche.
… Dos semanas atrás, nuestra mascota se resignó a la marcha de Íñigo, estaba acostumbrada a verlo partir muchos días con su bolsa negra colgada del hombro, sin embargo esta vez la bolsa negra era más grande y se arrastraba por el suelo. Se dejó acariciar, le miró con sus ojos lánguidos y no esperó a que la puerta se cerrara, marchó lentamente hasta la habitación de Íñigo y se metió debajo de la cama. De allí solo salió a comer y regresó a su guarida. Esa misma noche se subió a mi cama y escuché su respiración pegada a mi oreja.
A la mañana siguiente, volvió a su guarida y cuando escuchó que  salíamos de casa apareció y nos miró desafiante. Como no vio respuesta, se fue. Sin embargo al llegar al portal, me di cuenta que se me habían olvidado las gafas y subí a casa a por ellas. Ya en el ascensor escuché un sonido extraño y al llegar al quinto piso pude descifrar con toda nitidez que se trataba de un aullido apenado. Al abrir la puerta me encontré a la mascota subida a la mesa aullando a su propia tristeza.
Con los días, nuestra mascota fue recuperando su esencia sin dejar de lado pequeños latigazos de pena solo abandonados por el rugir del motor de una moto en la calle. Entonces salía disparada a esperar a la puerta. Como esta no se abría, volvía con sus pasos cansados a la rutina. Hubo un momento en que olvidó aquel ruido callejero, apenas un amago de elevar una oreja y mirarnos pero no se levantaba. Por las noches, cuando la luz se apagaba, nuestra mascota se quedaba en posición de espera y ya a media noche, cuando la espera desesperaba, se iba a mi cama a llenar su hueco de ausencia.
Hace dos noches, por fin, regresó Íñigo. Nuestra mascota recuperó su paso trotón de saltimbanqui payaso y esa misma noche ya no ocupó su hueco en mi cama. Cuando desperté me asomé a la habitación de Íñigo y encontré a nuestra mascota tumbada junto a la cabeza de Íñigo mientras lamía el pelo de su amo.
Pero lo de este amanecer me ha descolocado desde un principio. Eso que se pasara la noche esperando en posición perseverante de vigilia me cuadraba, pero su vuelta al hueco de mi ausencia, no.
Pero mi duda ha sido esclarecida. Cuando nos hemos levantado, nuestra mascota ha ido a la habitación de Íñigo, se ha subido a la cama, ha lamido el rostro de Íñigo y se ha ido a desayunar. Sí, entonces he comprendido que los perros como los humanos, proceden con los mismos recursos para no sufrir más de la cuenta. Tratan de restablecer una rutina acorde con las ausencias que puedan estar obligados a soportar para que cuando la ausencia venga a por ellos, el aullido de su tristeza no haga demasiado daño a su corazón.

Una mascota humaniza al ser humano. Habla con sus gestos, abre nuestra sensibilidad al amor incondicional. No hablan con palabras, solo con hechos.

jueves, noviembre 10, 2016

MIS DÍAS CON TERESA

Existen placeres tan menudos como intransferibles, son solo tuyos, nadie los puede saborear como tú…
Hoy mi primer café ha sido recreándome de la luminosidad de la niebla pegada a mi ventana. Cuánto más la miraba, más emergía el placer de una sonrisa. El reconfortante alborozo del calor de un café recorriendo mi garganta hacía que mis ojos se abrieran aún más al inhóspito carácter invernal de mi tierra y navegar por esos interiores que bombean a mi corazón. Y es que cuando los pies descienden del tren  vuelan al lado de una madre que va dejando de ser lo que era. Miro su cara mimosa, y todo lo anterior se borra, mi mente se anacroniza y me envuelvo de mi madre. La siento, la huelo, la vivo y sin querer, porque ella nunca inspiró ternura, hoy en los albores cenizos de su senectud, al pensarla, no puedo evitar la dulzura que provoca su fachada torcida, encogida de soledad.
Juntas, en la penumbra, saboreamos los silencios largos, dejamos de sentir otras cosas para escuchar solamente el paso hueco de nuestras sombras. Racheamos palabras, una para comunicar que ahí fuera hay vida, el mundo sigue su trasiego diario. Otra, para saberse viva pues la han vuelto los miedos, la angustia de que pronto cambiará de estación y mi mano no estará con ella para que guie sus pasos tartamudos en el más allá.
En Teresa no existen los tiempos y por mucho que el gallo de su reloj de ciega cacaree las horas, para ella no existen ni siquiera los minutos sino la afasia existencial. Ayer, a media tarde, cuando entré en su dormitorio con el huracán de mi persona, la encontré ceñida al esquinazo de un armario. No dije nada, la lengua se me había quedado seca de palabras, desprovista de sonidos. Me cosí a su imagen y un vendaval de lagrimillas vino a por mí. Una amalgama de sentimientos de trufa y chocolate se casaron a mi madre. No podía dejar de llorar, ¡echaba tanto de menos a mi madre!, porque la mujer asida a la esquina de un armario no era mi madre sino el espectro de lo que una vez fue. Se me heló la sonrisa y de escarcha se vistió mi ánimo. Si al menos la hubiera podido besar, pero odia el frio y mi cuerpo venía helado de grados. Y allí la dejé en el limbo de su memoria y me fui sin resignación, con la rabia de no aceptar que aquella del esquinazo no era Teresa.
Hoy amanece en gris y al ver la niebla atrapada en mi ventana, me he vestido corriendo, he bajado las escaleras, he llegado hasta la puerta de la residencia, he subido en dos zancadas, abierto la puerta y he visto a Teresa acurrucada en su cunita. La he dado dos, tres, cuatro, yo qué sé cuantos besos. Se ha dejado pues estaba en el mejor de sus sueños.

Me he ido con el corazón revoloteando ternura,  de amor caprichoso. Me he confundido en la niebla y de mí solo ha quedado una sonrisa.

domingo, noviembre 06, 2016

UNA MADRUGÁ DE LUZ

Tó se me había torsío. Aquello que nació de un sueño, de una ilusión, la lluvia lo barrió. Y, a pesar de eso, acudí. Otoño en Sevilla, el sol de limón, de vainilla, esa luz de membrillo castellano y yo, con un anhelo sin despertar.
El AVE trotó por el acero para llevarme una mañana de noviembre temprano a mi ciudad del alma a soñar lo que no pudo ser. La nube amenazaba, el agua también. Y, sin embargo, bajé de mi AVE bailando quimeras, arrastrando a mi Blanca paloma que flotaba en el aire. Daba igual, si mis ojos no se chocaban con el Señor en la calle, habría de conformarme con verle en el templo mayor.
Mientras la lluvia peregrina iba y venía, mi Blanca paloma y yo nos vestíamos de volantes. Después, fuimos a su encuentro. Le vi, allí estaba, varado en el tiempo, como si estuviera esperando a que yo llegara, le mirase y agachara la cabeza con sus requiebros amorosos diciéndome “Amaina, amaina, bebe la vida pero compártela. Qué más te da que digan, que digan lo que quieran, tú sonríe a todo lo que se menee, pero siempre dando… No se te olvide, dando”… Estoy segura que no solo me habló a mí, musitó a cada uno que allí llegó. Da igual su condición, El Señor balbuceó aliento a cada cual.
 Y salí y la manzanilla me atrapó. Y el sol salió y la calle Sierpes se aderezó de helado italiano y yo cantando “Volare, oh, oh, oh”…Todo era tan hermoso, como el gato de la pensión, don Rocío, o Esperanza, la camarera, la terraza que tocaba el cielo cenizo lloviéndote besos de agua y mostrándote la Giralda altanera, o la anciana borracha de soledad deseando una palabra, una sonrisa, para narrar que la juventud engaña, que es más sana que lo que su corteza enseña. Y las carcajadas buscando un fanal para la Virgen mientras la Blanca paloma se arrastraba por las aceras diciéndome “Vete más despacio”… Todo era tan real que daba igual perder el aliento; Sevilla se merece tó.
La segunda noche caímos desplomás, pero al amanecer escuché una campana. A gatas salí al balcón y una luz menuda me dio los buenos días. El agua de la ducha barrió sueños que podían esperar, yo no. Salí a la calle a escuchar el sonido de la ciudad que despertaba,  la bulla de los pajarillos de San Lorenzo, a enmudecer sintiendo como mi alma se alborozaba de sentirse tan viva.
Después, los encuentros golosos, abrazos acalorados, miradas francas, racheos de voces contándonos vidas ausentes.
Una bulla callejera, fresca, vital y lozana, guiaba nuestros pasos hasta llegar a nuestra Gran espera.
La bulla enmudece. Una saeta, doce campanadas. El Señor ha entrado en la plaza. Él para, escucha y después emprende la marcha. Su paso no es zancada, no es su caminar. Ahora se macera de música, Ion la llaman. Sus pasitos son dolorosos, menudos, la cruz dice que pesa, demasiados pecados a cuestas.

Tú le miras, le miramos todos, parece que sale entre la bruma del incienso y el añil del cielo. Sí, mi olfato dice que huele a romero, huele a incienso de mil matices… Y yo, tan mecida entre el cariño de los míos, la mano de mi Blanca paloma atusando el sueño despertado. Acunada por mi familia sevillana, esa que me acogió hace años. Entendí, entonces, el porqué yo estaba allí una mañana de noviembre viendo al Señor de Sevilla.

jueves, noviembre 03, 2016

HISTORIA DE UNA NOVELA

El tiempo es denso cuando la espera es incierta, cuando tu hijo recala en unas primeras manos que las sientes doctoras y analizan a tu criatura. Días largos en que nada sabes pero cuentas las horas mientras tu cabeza se precipita a preguntas sin contestar.
Mientras, distraes el pensamiento como puedes y hoy me he regodeado en cómo nace una novela, una historia. Son muchas fases, muchos registros, una labor de zapa con mucho trabajo por medio. Hay quien le lleva años escribir una novela. Mi experiencia es de un año aproximadamente trabajando cinco horas diarias incluidas fiestas de guardar, y exceptuando periodo vacacional en el que no dejas de escribir, de una manera distinta, pero sigues con ojo avizor y libreta en mano por si salta la liebre en cualquier esquina.
Lo mío comienza sin pies ni cabeza, como soy yo, pura vehemencia.  Mi segunda novela, Mujeres descosidas, se fraguó delante de un vino mientras esperaba a una amiga. Mirando el líquido ensangrentado, difuminado el color  de la sangre mientras dejaba olas transparentes por las paredes del cristal me dije “Una mujer que viaja en el tiempo” Sin embargo, la novela que ahora estoy escribiendo nació de un anciano al tropezarme con él en un parque. Él se fue a sentar a un banco debajo de una catalpa. Me enamoré de los dos, un flechazo instantáneo, corrí a casa, encendí el ordenador Y comenzó su singladura Catalpa Bunguei y Abelardo.
Es decir, una novela, para mí, no nace de una idea consolidada en tu cabeza sino se gesta a partir de un punto muerto, de un barro sin forma que cada día vas modelando. Ni tú mismo sabes qué pasará en el capítulo siguiente. Es una sensación mágica que va creciendo delante de tus ojos, cobrando forma, identidad, realismo.
MUJERES DESCOSIDAS es una novela doliente, una lucha encarnizada de una mujer contra sí misma. Una historia de supervivencia que, de humana, se convierte en real. Me costó meterme en el papel de Juana, la analicé del derecho y del revés, de arriba abajo, con ojos intrusos y críticos porque ese tipo de personas las rechazo de plano pero por algo que desconozco, ahí estaba dando vida a esa mujer. No fue hasta cuatro meses después de haber iniciado su gestación cuando un amigo me invitó a un Martini. Le había pedido documentación para la novela, a grandes rasgos le conté de qué iba la historia. Entonces se metió un momento en casa y salió con una pistola. Yo, jamás había cogido una pistola, la sensación me daba vértigo solo con tenerla delante de las narices. Miguel la depositó en mis manos, recuerdo que me temblaban. Cuando cayó ese peso sobre mis palmas, juro que me transmuté. Me fui a casa siendo Juana, Ángeles se había quedado en el limbo para no regresar hasta ocho meses después. A partir de ahí, mis dedos fueron unos cirujanos del alma de una mujer hundida en su propio caos, o la salvaba o moría sin liberación. Fueron horas, días, meses, de dolor, de sufrimiento ajeno que lo había hecho mío. Estaba obsesionada, más en poner un tapón al vomitero para que no se fuera por el desagüe la esperanza, el motor de cualquier vida.
Antes que se despegue de las manos del autor, cada novela vive sus propias fases en el periodo de incubación y gestación. Las letras queman kilómetros de horas. Unas veces fructíferas otras dolorosas y muchas pérdidas. Pero llega el día del epílogo, del punto final. Es un instante despiadado, agotador y terco, en el que te sientes autor para bien o para mal de una vida que has creado a fuego lento, eres el artífice de dar vida o muerte.
Pasé días con el ordenador apagado, pero en un amanecer lo volví a encender, a esas horas del día en que la virginidad de tu mente no ha sido mancillada aún, veo el mundo con nitidez. Grabé la novela en un pincho y me fui a imprimirla. Tenía los ojos limpios, la conciencia en paz, la mente despejada. Me puse un vino, descorché cigarrillos y desde la distancia comencé a leer. Cuando leí el último renglón, paré, ¡seré tonta!, estaba llorando como alma en pena, me había enamorado de la historia.

El amor, no siempre llega por el mismo camino. Sus designios son inescrutables.

martes, noviembre 01, 2016

QUE SE MUERAN LOS FEOS

Acabo de leer “Morirse cuesta muy caro” Y mi cabeza, despanzurrada de sueño,  me dice “Que se mueran los feos” A lo que yo la contesto “Cabezón, a los feos les costará igualmente morirse” A lo que mi cabecita loca replica “Estaba cantando… Que no quede ninguno, ninguno de feos” Así, de esta guisa no puedo encarar el día de los Santos difuntos; el de los pobres mortales por lo visto es mañana.

Tomo un segundo café a ver si mi cabezota deja de hacer patinaje artístico y aparece mi Pepe. Le cuento la noticia y me contesta “Lo ha dicho el Papa y hay que acatarlo” Le miro pestañeando como un abanico zurcido de aire somnoliento y mi sesera me cuenta “Déjale, es feliz poniendo puertas al campo” Pero soy insistente y vuelvo a decir “Pepe, no te hablo del Papa, te hablo del negocio cenizo que es morirse… Esquela, flores, ataúd, nicho, plañideras, tanatorio, vestido para la ocasión, peluquería, gafas de sol para tapar el dolor de pérdida, esas cosillas, Pepe “Le miro esperanzada a ver si por una puñetera vez en la vida me entiende, pero vuelve a responderme “El Papa pide respeto y que se hagan las cosas como es debido” Y vuelta la burra al trigo. Me tomo un tercer café. Mis pestañas parece disparadas, un abanico en una sola posición “Pepe, nuestros Peluches podrían hacer muchas cositas con ese dinero ahorrado en nuestro entierro. Tú quieres que te quemen. Pues bien, te tostamos en la chimenea, luego barremos y asunto concluido. Eso sí, no te inquietes, haremos una misa Réquiem in pace y después gloria y en paz todos, ¿no te agrada? Te recuerdo que te gusta ahorrar. Si fuera yo que tengo un agujero en la mano. Es más, mi deseo es ir a bailar bulerías al Guadalquivir hasta fundirme con la inmensidad del Atlántico”…Pepe se está untando unas tostadas con mermelada baja en calorías, ¡Si es que hasta ahorra en azúcar!, levanta la mirada de la tostada hasta llegar a mis ojos pitañosos que ni el café ha logrado despitañarlos y me requiebra “Muérete y déjame en paz” Así me ha soltado su último deseo mientras hinca el diente en la tostada; parece drácula un 31 de octubre cualquiera. Le he mirado, me acabo de despertar de topetazo y le canto a la oreja Bulerías, bulerías, tan dentro del alma mía. Es la sangre de la tierra en que nací. Bulerías, bulerías, mas te quiero cada día. De ti vivo enamorado desde que te vi. Ganas de vivir aquí a tu lado. A tu cuerpo encadenado Hechizado de pasión. Bulerías, bulerías…” Fiasco, le estoy cantando en el pabellón auditivo sordo.

domingo, octubre 30, 2016

¿QUÉ HORA ES?

¡Ozú! Qué hora será. Las pestañas me marcan una hora, el móvil otra, y el reloj de mi Pepe otra muy distinta y este hombre, matriculado en el Espasa Calpe de cien volúmenes y en el apéndice número quince de los Episodios nacionales, no se suele equivocar, así que, pues yo qué sé, ¿no?
Me pongo un café para conectar los cables de mi cerebro al nuevo día y me da por pensar, acto que no se debe ejecutar cuando uno está dormido y despierto simultáneamente, y me acuerdo de mi suegra ¡Zumba al bolo carambolo! Cuando me decía “Mi hijo es igualito a Castelar”… En aquel entonces yo acababa de estrenar mi licenciatura en Historia General y Arte, lo que hoy se da por llamar en las grandes superficies “DosXUno”. Pues bien, como yo había estudiado solo las vísperas de los exámenes y no  Maitines, Laudes, Prima, Sexta, Nona y Completas, pues no tenía pajolera idea de quién era Castelar.
 El tal Emilio estudió Filosofía y Derecho, otro como yo con el DosXUno, que canalizó su carrera laboral en el ámbito de la política a través del periodismo- yo en el ámbito de la compraventa telefónica, como ir al mercadillo sin moverte de casa-, defendió un republicanismo democrático, y se metió con todo el que se moviera en la foto como la reina Isabel II, Pi y Margal… Un charlatán en estado puro sesudo y convencido de lo que decía y defendía. Vamos, un político de raza, no como lo que hay ahora. En 1874 presentó su renuncia al perder una votación…, como mi Sánchez. Pero si escarbo es su biografía encuentro lo siguiente “Su oratoria ampulosa y arrogante y el movimiento y el ritmo musical de su prosa hicieron de Emilio Castelar el tribuno español más ilustre del siglo XIX”… ¡Muy tomate! Ahí encaja la personalidad de mi ilustre Pepe definida por su señora madre.
Pepe siempre pensó tener conmigo muchas cosas, entre ellas la telepatía. Han pasado treinta años y aún no se ha enterado que la transmisión por cables conmigo es imposible. Yo soy natural como el tomate y él pura ciencia. Su ritmo palabrero es sesudo y el mío, de la calle, del pueblo. Su prosa, analizada milimétricamente; la mía, vehemencia en estado de ebullición constante.
¡Ay madre, ay madre! Lo que se acaba de poner delante de mis ojos… Estoy en la página de la biografía de nuestro amigo Emilio para bañaros de culturilla, y cuando termina, ¿diréis lo que aparece? El anuncio de mi novela Sevilla…Gymnopédies, no me lo puedo ni de creer. Unida a Castelar mi sabiduría literaria, ¡Muy tomate!
Disculpad que os deje, me voy tarifando a escribir pues esto ha sido una señal, y yo funciono siempre a través de señales aunque luego me las salte todas. Prepararé mi siguiente novela para enviarla al próximo Planeta. Claro, nada más verme, vestida de Pseudónimo claro está pues las normas tienen un guión,  me dirá el señor recepcionista de manuscritos “¿Qué parte del no, no ha entendido señora Pseudónima?” Yo pondré cara de paisaje de Monet,  pues lo que no saben ellos que lo que persigo es irme haciendo un nombre y cuando vean mi paquete digan “Ya está la pesada de todos los años”… Me habrán reconocido. ¿No es emocionante?
Ellos no saben lo insistente y pesada que puedo llegar a ser. Nunca seré una Emilia Castelar, cierto, pero que meto la cabeza por un muro, anda que la meto. Soy igual que mi Peluche dado que sostiene que tanto quitarme de todo, él ha nacido antes que su madre. ¿Y por qué? Porque hay que perseguir lo que uno quiere, aunque sea como Castelar.

Por cierto, ¿sabéis qué hora es?

viernes, octubre 28, 2016

BIEN PAGÁ

“Ná te pido, ná te debo, me voy de tu vera, que te den rasca. No maldigas, no te quiero, no me quieras, vete a tomá café. Bien pagá, pagá, mujé”….De esta canción hay tres versiones conocidas: la de Antonio Molina, la de la Pantoja y la mía. La pega de la versión pantojeríl es que  habla de un amor despeñado, y  yo no hablo de eso, que cada uno es libre de despeñarse como le pida el cuerpo. En cambio, la versión molinera es chulesca, es canalla y altanera, rabiosamente postinera. Y ahí es donde encaja mi espíritu plumero.
“Ná te pido, ná me llevo, ni tus calcetines. Entre tus paredes dejo sepultá polvo, grasa y guarrería” Porque cuando cojo el plumero es de trescientos sesenta y cinco días a trescientos sesenta y nueve, depende como se me den de sí las horas, y para animarme, para dar alegría a esta acción tan grata, pongo corazón y vida con voz, por supuesto, bien desgarrá.
“Por un puñao de parné, bien pagá, bien pagá, pagá, mujé” Llegados a esta estrofa más que cantar, chillo, el mal café se me sale por los ojos. Dado que me hace ilusión llenar la hucha que he comprado en el chino y que no he estrenado. Para animarme, pienso que según paso por la habitación de Peluche encontraré unas monedillas despistadas y las meteré en la hucha, luego cuando se llene, la abriré y me iré a Corte Inglés y me compraré un viaje, pero como serán caros, y no es por falta de dinero ¡Ojo al dato!, porque la hucha, insisto, estará llena, me volveré a casa, encenderé el ordenador y me compraré el viaje más barato que, con lo ahorrado invitaré a unas cañas a mi Pepe… Sí, llegados a este punto ya no soy la mujer plumero sino la versión versionada del cuento de la lechera pero sin leche, obviamente. Adjunto lo de sin leche porque en la habitación de Peluche, además de encontrar unos calcetines descasados en el suelo y¡ fijaros que agito el plumero!, solo encuentro seis céntimos. De allí me salgo gritando “Mal pagá, mal pagá, mujé pringá” mientras mis pies me llevan al dormitorio de Anticristo que es de la cofradía del puño cerrao “Ná de ná, y ná y náaaaa” Aquí no grito, bufo. Perro se quita del medio no vaya a ser que su ama le pretenda quitar el polvo de malas formas, pero en medio del pasillo queda su cama que, como ando a oscuras para no gastar, me tropiezo y termino rebotando en la habitación de mi Pepe, que es la mía, eso sí, cantando en arameo la Bien Pagá. En la parte que me toca, no busco, si no ha habido nunca, los milagros no existen ni aunque los versiones y actualices. Pero mi mente positiva nunca descansa, igual que el plumero y, mientras vapuleo mi voz con “No te engaño, yo te quiero. No te traiciono…”Veo de pronto el billetero de Pepe. Mi voz ha quedado en suspensión como el polvo. Mis dedos se alargan, ni mujer plumero ni ná, Eduardamanostijeras. Abro, mis ojos, dos lupas, no hay ná. Busco lupa de aumento, sigue siendo ná… ¡Perdón! Algo hay. Es una nota manuscrita que versa lo siguiente:
“Gordita, repón los diez euros de la semana pasada. Gracias”

¡Mal pagá, mal pagá, mujé, mujéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee pringá!

miércoles, octubre 26, 2016

TIEMPO DE BUÑUELOS

Me acabo de comer  cuatro buñuelos sin respirar, a escondidas de mi Pepe. Él lleva rigurosamente la contabilidad de los buñuelos que me como, y lo malo es que no tengo escapatoria porque no está Peluche, se fue a una sesión de tangos exprés.
El delito no es mío sino de Pepe que me los compra a pesar de que me va la vida en ello ya que una vez por culpa de los sabrosos buñuelos casi me voy al otro barrio, pero como no me aseguraban que allí hubiera buñuelos, decidí quedarme a seguir comiendo más buñuelos.
¡Qué tiempos aquellos y qué poco he cambiado! Recuerdo que estaba embarazada de mi dulce Peluche. Mi cuerpo se iba hinchando como un globo, todo me alimentaba, hasta el aire que respiraba. Mis pasos eran los de un zombi que apenas se sostenía por el aire consumido y eso me entristecía, mucho. Entonces mi suegro para que levitara un poco mi sonrisa decidió comprarme una bandejita bien cumplida de buñuelos. Mi Pepe me decía “Come cielo, come los que quieras” y me comí la bandeja entera de una sentada. Un total de veintisiete, un ejército de buñuelos en el estómago de una embarazada. A los pocos días me empezó a dar de todo ¡El drama padre estaba servido en versión buñuelesca! Mi dulce Peluche no pudo soportar sobredósis de crema y grasa y me tuvieron que sacar al bebito deprisa y corriendo. Por mi pobre Peluche nadie daba un duro, a ver, era un pollo crudo, le faltaban dos meses y una semana para salir crujiente, doradito con deditos y uñitas… Salió sin nada, por no tener no tenía ni pelo ni peso. Novecientos gramos de Peluche.
Lo metieron en una incubadora a que le dieran los últimos rayos del mundo y, una mañana, alguien se lo encontró haciendo el primer maratón de su vida. Una pelota de Dodotis se movía en la incubadora, dentro estaba Peluche. Le sacaron del dodotis y le dieron agua a ver si la toleraba y la toleró. Entonces le dieron un micro biberón, y también. Mi suegra decía a todo el que la quisiera escuchar y al que no, también “Milagro, milagro”, mientras Peluche seguía haciendo maratones cada vez más rápidos en la incubadora.
A la semana, me llevaron a ver a Peluche ¡Qué carita de buñuelo tenía más rica!Era la viva reencarnación de Pepe en versión buñuelo crudo.
No cogí asco a los buñuelos, al contrario, seguí comiendo buñuelos con pasión y ahí sigo. A partir de finales de octubre durante unas semanas soy la mujer buñuelo.
Pepe me complace y me compra buñuelos, pero me los da contados. Me voy salvando de momento, pero como abra la nevera y vea que nadie se ha comido aún las mandarinas que compró en el Puente de Vallecas en una oferta existencial que leyó en las páginas del Expansión, no me vuelve a comprar ni un buñuelo.

¡Lástima! No he caído, porque podía haber dado a Peluche las mandarinas y que se las llevara a sus clases intensivas de tango exprés.

domingo, octubre 23, 2016

PEDRO, RETRATO DE UN HOMBRE

“Ortega y Gasset dijo que la vida se nos entrega vacía. El oficio de escritor, por su capacidad de imaginar, debe crear algo bueno y útil para los demás que ayude a vivir” Richard Ford
Encontré a Pedro una noche de otoño en esa Castilla que, en días de diario, se apea temprano de la vida mundana. Oí las campanadas del reloj dar las diez. Caminaba deprisa, la acera era ancha, los arboles desmembrados y apenas un autobús vacío pasó por la calzada. Un vientecillo suave cosquilleó el silencio hasta que fue roto por un ronquido bronco, profundo. Aminoré el paso, incluso volví la cabeza y lo único que pude ver fue en un rincón de un antiguo edificio dedicado a la banca, ahora abandonado, un bulto tapado por una manta parda que subía y bajaba armoniosamente. Mis ojos estaban acostumbrados a ver esa imagen que tanto desamparo me infundía y que hubo una época en que dejé de toparme con ella. Sin embargo, este verano volví a contemplar estas escenas en Francia. Entonces se me antojó pensar que era una postura contra el capitalismo, una forma de reivindicar otras formas de vida, pues aquellos rostros anónimos estaban lejos de la tristeza. Exhibían complacencia, hasta alegría.
A la mañana siguiente de esa noche, llamémosla de mantas pardas, salí temprano a pasear a Gazpacho, un terranova que todo lo que tiene de grande lo tiene de bueno, aunque hay algo que le sobreexcita y no he llegado aún a comprender el porqué de su conducta después de tres años unidas nuestras almas de perro y humano. Cada vez que ve a un mendigo, se pone a ladrar desaforadamente; he tenido que dejar de pasar cerca de las iglesias. A ciertas horas hay muchos inquilinos haciendo colecta y Gazpacho un día ladró tanto que se me escapó. El perro fue tras el mendigo y este se refugió dentro de la iglesia, y Gazpacho también.
Sin embargo esa mañana fue distinto. Gazpacho iba suelto husmeando todo lo que encontraba al pasar cuando, de repente, vino una nube a descargar tanta agua que el mismo Gazpacho fue corriendo a refugiarse en el primer sitio que encontró; el antiguo edificio del banco. El perro llegó y se aposentó en un extremo dado que el otro estaba ocupado por un hombre cuyos ojos apagados contemplaban mansamente aquella agua que caía. A su lado, un perrillo “Mil leches” en la misma actitud que su amo. Yo me puse al lado de Gazpacho tratando de sujetarle por el collar temiendo que en cualquier momento se le cruzaran los cables y se pusiera a ladrar al mendigo. Pero no, Gazpacho, tal vez inducido por la actitud del mendigo, se comportó como él y, por afinidad, yo también.
El contemplar el agua rabiosa era una escena, la verdad, fantástica. Relajaba tu mente, abría las compuertas de alguna sensibilidad dormida. Tan imbuida estaba en la escena que fue Gazpacho con un lametón el que me despertó.
-¿Un café?-giré la cabeza y el hombre me tendía un vaso humeante de un termo. En su boca se desplegaba una medio sonrisa ácida que a mí, no sé por qué, me supo a azúcar. Dudé unos segundos en aceptar o no aquel vaso que se me antojaba sucio, pero aquel brazo insistente y confiado, hizo que el mío saliera a su encuentro y que, por fin, mi mirada paseara por aquel rostro. Mis ojos desvergonzados y descarados subieron y bajaron mil veces por una barba descuidada de hebras de plata, por una boca de labios finos y dientes amarillentos, por una nariz golfilla de ave rapaz, una frente de surcos profundos y una mirada tan honda que taladró a la mía. No sentí daño ni duelo y leí tantos capítulos en aquellos ojos anónimos que me sentí afortunada. Fue un lenguaje de ausencia de palabras donde los gestos nacen para contarte que no siempre es mala una decisión descabellada, ni mucho menos descartar por simples apariencias, que la verdad posee muchas formas, y que dejarse llevar por la intuición, por ese pálpito que crece de pronto dentro de ti, no hay que pedirle explicaciones y sí dejarte guiar con prudencia de él.
Dejó de llover, despertaba la ciudad y el silencio se evaporaba para mejores momentos. Solté a Gazpacho y dije.
-Me llamo Rebeca. Tengo una manta en casa en desuso. Da mucho calor, no abulta y pesa poco, ¿me la aceptas?
-Yo me llamo Pedro. Golfillo y yo estaremos encantados con tu regalo.

Esa pobreza inexorable que se jacta de vanguardia según algunos y que la exhiben por doquier es la que me hizo conocer a Pedro; mis ojos tardaron un buen rato en despegarse de su rostro marcado por demasiadas añadas malviviendo, o los estragos producidos por el deshoje de la margarita existencial… Quién sabe lo que lleva a un ser humano a tirarse al asfalto y hacer de él una escuela de vida.

viernes, octubre 21, 2016

¡¡¡VAMOS DE BODA!!!

Llevo dos días sin dormir por la emoción. ¿Sabéis el dicho que de boda sale boda? Bueno, a mí desde mi tierna infancia me han chiflado las bodas. Tanto, que ahora teniendo casi la misma edad de Matusalén, veo videos de bodas por las tardes. Dado que los hijos de amigos ni de una misma se casan, pues yo me conformo con lo que hay. Mi Pepe no remueve la arena no vaya a ser que salte un conejo porque casar, lo que se dice casarse con fastos, cuchufletas y Dj cuesta una pasta gansa y Pepe acaba de leer que la hucha del estado para pensionistas corrientes, es decir él, pues queda para un año escaso y si se nos casan nuestros pimpollos adiós cuchufleta adiós. Casar a nuestro benjamín  a Pepe no le inquieta porque la criatura es muy suya y al ser tan suya no casa. Pero si nuestra jojoya, Peluche, tuviera intención que no la tiene, este querría doble cuchufleta y hasta Dj a la hora del chocolate.
Yo con Pepe de estos temas no hablo, es tan apaisado y cuadriculado, que no entendería mis inquietudes de madre casamentera exprés. Y el caso es que hace dos días me he enterado que mis jojoyas van de boda. ‘¡Qué nervios me han entrado!, vamos que no duermo. Primero emocionada y segundo por las cortapisas que me encuentro en dicha boda, porque lo primero que pensé fue llamar a los novios para que me mandarán por email urgente el catálogo de solteras asistentes a dicho dicharachero evento, pero no tengo confianza suficiente con los novios y, la novia que me entendería, me malicio que está muy ocupada comprando cuchufletas para el día más feliz de su vida.
Entonces, decidí preguntar a Peluche- con su madre se explica como un libro sin letras- que me diera detalles. Me mandó a tomar vientos. Es más, me dijo que lo que mejor podía hacer era cruzar a Perro para que tuviera descendencia. Yo no me callé y le dije” Pero cómo voy a cruzar a Perro si no le gustan las perritas” A lo que me contestó “Pues cómprale una cama nueva”, pero ante mi insistencia me dijo “Mamá vete a la puerta de la iglesia y allí despejas todas tus incógnitas” Pero cómo voy a ir a la iglesia, me llamarían cotilla. Claro que sería lo más positivo, porque vería el catálogo de solteras y sin compromiso que hay in situ y, como conozco los gustos de mi niño mayor y, sobre todo, me conozco a mí misma en días impares, en los pares no me conozco ni yo, pues iría sobre seguro.

Ante mi emoción frustrada y el no saber qué conducta tomar sin que quede estridente y de madre agresiva y”meteloentodo”, a la desesperada he cogido a mi Pepe y se lo he contado de pe a pa. Me ha dejado hablar, él estaba camuflado detrás del periódico, sería para concentrarse mejor en mis inquietudes de madre colocadora de cachorros. Y cuando termino mi exposición espléndidamente argumentada, va y me dice “Fíjate, en este artículo cuenta que los melocotones de Calanda son los mejores, y ayer justamente compre dos kilos”… Me han dado unas ganas de ponerle en la cabeza un melocotonar entero… ¡Puerca miseria!

miércoles, octubre 19, 2016

MARICARMEN A ESTRIBOR

Hoy me he despertado, me he mirado al espejo y al verme con esa cara de estar aunque no estás, me he dicho ¡Qué Maricarmen más ideal! Y con las mismas me he vestido con esa ropa que mis hijos al verme dicen ¿Ondi vas con el cabás, madre? Me he puesto una coleta  al viento, cogido al perro y nos hemos ido a pasear por el barrio, ¡Ah!, he cogido una bolsa de plástico para la mano izquierda, así no me faltaba ningún complemento. Hemos salido tan eufóricos los dos cuando, en un paso de peatones, casi nos embiste una moto. Menos mal que no era mi hijo, porque lo llega a ser, y se da contra el primer árbol que encuentra, al ver a su madre revestida de Maricarmen; después hubiera vuelto y nos hubiera rematado con la moto, total, es el rey de las multas. Pero a lo que iba, una vez comprobado que no era mi niño, he mirado al perro a ver si estaba sano, ¡Qué lástima me ha dado! Desde que mi Pepe le compró un arnés estilo cura desmochado, el pobre perro va con cara de tristeza. ¡Cómo le engañan a mi Pepe!, al menos es lo que quiero pensar y no pensar que tiene mal gusto porque si fuera lo segundo, me estaba tirando piedras contra mi tejado. Es decir, un día puedo sentirme Maricarmen, como hoy, pero en mi estado normal, no…, soy otra cosa, no sé cuál, pero otra cosa.
El caso es que Perro y Maricarmen decidieron ir al chino del barrio. Digo al porque hay varios chinos, pero solo en uno dejan entrar a los animales de cuatro patas; los de dos entran sin problemas. ¿Y diréis lo que hace el perro? Va y mientras yo miraba unas huchas para ahorrar lo que no tengo y por tanto no ahorro, el chucho ve la exposición colorista para los difuntos, levanta la pata y mea. Maricarmen, de todos los colores. Me he salido sin comprar la hucha.
¡Muy tomate el perrito! Y eso que tiene pedigree. Si, Perro tiene pedigrre, de segunda mano, pero tiene. Peluche, mi hijo el de la moto, lo fue a comprar a un sitio barato y lo encontró en Huesca, el perro es maño y baila la jota… Ponte un cachito de pan en la mano y ya verás cómo salta y abre las patas delanteras, una jota perfecta. Bien, cómo iba contando, el niño encontró en Huesca el último perro de la camada y para ahorrar costes, puso envío tradicional sin costes. Es decir, nuestra mascota debió de pasearse por media España antes de llegar a su destino. Llegó mareado, atontado…, mal. Pero pensamos que con el calor humano, el perro volvería a sus orígenes. Después de siete años, certifico que el perro no tiene orígenes aunque sí un papel que dice pedigree.
Hemos regresado a casa recreándonos, Maricarmen y Perro, de la suciedad de las calles “No entiendo, Perro, cómo la Marijuani de la alcaldesa puede decir que la ciudad  está limpia. Los cristales de sus gafas están sucios o mal graduados. No ve, Perro”
Nos ha abierto mi Pepe, muy agradecido por habernos mojado nosotros y no él, pero me ha vuelto a decir que sigue consternado  por no encontrar el recogemigas. Perro y Maricarmen le hemos mirado y rápidamente hemos ido a mandar un Wassap a los niños para que el día de cumpleaños de su padre, le regalen un recogemigas. Práctico y barato. No obstante aún le hemos oído refunfuñar que compró mandarinas y nadie se las come.

Pero mi cupo de Maricarmen ya ha caducado para responderle.

lunes, octubre 17, 2016

RETRATO DE MUJER, 6

Hay muchas cosas que a una mujer la pueden quitar, robar, incluso la dignidad y la autoestima, pero nunca su mundo interior. Las sensaciones que van y vienen por su cosmos íntimo y personal, esas no.
Maricarmen hace no mucho que la desgraciaron de por vida, pero ahora, cuando el silencio duerme los últimos tintineos del sueño de los justos, cuando aún puede palpar y sentir su soledad sin que nadie le ponga una mano encima, está viendo un amanecer riguroso entre las frambuesas y el azul desteñido. Hace frío, le da igual, con una manta se tapa su cuerpo amoratado. Pronto se despejará el nuevo día y, ¿qué hará? Lo de siempre.
Cuánto daría por regresar a tres años atrás. No es tanto tiempo aunque a ella se le antoje la eternidad. Conoció a Paco en la fiesta de navidad de su empresa, una multinacional de embutidos. Maricarmen llevaba cinco años trabajando allí. Entró “por enchufe”, un amigo íntimo de su padre trabajaba en RRHH. Ella era una cría de apenas veinte años, la pequeña de seis hermanos que no quiso estudiar y como la pequeña, estaba consentida por padres y sus cinco hermanos.
Desde el primer momento la gustó su trabajo, ganar su dinerito y sus grandes compañeros, pues allí dentro hizo buenos amigos. Todos los años les daban el aguinaldo y una gran cena por navidad. No podían ir con parejas pues lo que trataba la empresa es que empleados, jefes y directiva, se conocieran mejor fuera del trabajo. Y allí conoció a Paco, uno de los directivos que trabajaba en Alicante y había venido ocasionalmente a ver la fábrica de Burgos. Él a sus treinta y dos años llevaba a cuestas un magnífico expediente laboral. Fue un flechazo. Comenzaron a salir, a escribirse en la distancia, Wassap, emails, a aprovechar los fines de semana y largos puentes, y al año y medio se casaron. Las dos familias muy satisfechas por estrechar lazos pues hacían una pareja extraordinaria. Maricarmen pidió traslado a Alicante y los primeros meses trabajó sin problemas hasta que un buen día, al salir del trabajo, unos compañeros dijeron de ir a tomar una cerveza y ella se apuntó. No habían pasado ni veinte minutos cuando por el cristal Maricarmen vio a su marido y le hizo señas. Él entró alborotado, montándola un numerito delante de sus compañeros. Ella bajó la cabeza y no contestó para no dar más que hablar. Lo peor fue cuando llegó a casa y Paco la montó una escena de celos desequilibrados, sacando la situación de contexto y, por último, propinándola una torta. La primera.
Después de esa, llegaron más. Maricarmen no se lo explicaba, sus razonamientos no entraban en la cabeza de Paco que, incluso, iba a esperarla todos los días al trabajo. La llevaba a casa y él volvía a la fábrica hasta que un día ella no pudo más y decidió escapar, pero la puerta de la calle estaba cerrada y habían desaparecido las llaves. Cuando Paco volvió a casa, ella pidió explicaciones, aunque el miedo ya empezaba a hacer mella en su ánimo. Él no solo no la contestó, sino que añadió tres frases que no la han abandonado desde aquella noche “A partir de mañana ya no trabajas en la fábrica. Serás mi puta y la madre de mis hijos”
Sus padres y hermanos cada vez notaban más alicaída a Maricarmen, pero ella no abría la boca, no contaba nada de lo que pasaba, tenía miedo, mucho miedo, y disimulaba y contaba mentiras, ¡tantas!
Se quedó por fin embarazada. Sus pesadillas no la dejaban dormir después de las noches de sexo con Paco. No era el hombre cariñoso ni de ternura y delicadeza infinita que ella conoció. Sino un animal que la montaba noche tras noche y, si ella no colaboraba, la paliza venía después. No fue al médico, ¿cómo iba a ir con un cuerpo repleto de señales? Dedujo su embarazo por sus pechos, por la ausencia de menstruación, por las náuseas, por su cintura… Maricarmen se lo contó y lejos de reaccionar como ella esperaba, la dio patadas y más cosas “No estoy dispuesto a compartirte con nadie”

Maricarmen calló y se fue a la cama. Ahora tapa sus hombros con una manta, no tiene fuerzas ni para ponerse el pijama. Mira al horizonte de frambuesas y azul desteñido, y siente que es tan hermoso que desea fundirse en él. Mira hacia abajo. Es un tercero. Con suerte, se estrellará y será una frambuesa más en ese horizonte que despierta cada mañana.

viernes, octubre 14, 2016

RETRATO DE MUJER 5

Manuela es una mujer frustrada. Jamás se ha sentido saciada, pero la imagen que desea dar a los demás es un trampantojo demasiado estudiado que  cuando se enfrenta a sí misma delante de un espejo ve su otra verdad.
Solo de niña fue feliz. A veces, cuando la desdicha se cierne en su ánimo de mujer vacía, cierra los ojos y se ve trotando por el paisaje asturiano en aquellos años de eterna vacación veraniega, creciendo a la sombra de su hermana, esa chica menuda, segura, jovial y eterna parlanchina. Por el contrario, Manuela era callada, gordita, sosa, insegura, pero era inmensamente feliz. Su padre la rodeaba de tanto amor que era imposible que las nubes la implicaran en cualquier desdicha.
¿Cuándo comenzó a sentirse fuera de juego en la vida que la había tocado vivir? Ni ella misma lo sabe. A los trece, a los dieciséis…, hay un momento de ruptura entre el antes y el después. Quizá fuera aquel chiquillo de gafas redondas y pelo rizado del que se enamoró locamente, o al morir precipitadamente su padre, o al ver una madre insufrible, o los éxitos de su hermana, o esa amiga loca que tenía con la que ella se identificaba en cuerpo y alma, no se sabe. Pero Manuela comenzó a experimentar un sentimiento de frustración, una angustia vital, que no la dejó crecer como persona, aunque delante de los demás iba campeando su fiasco, sus desengaños, sus complejos, todo cada vez más acuciantes.
Se centró en la vida material, en el dinero, como si eso la fuera a dar seguridad, identidad y autoestima. Incluso con el primero que pasó por su lado se casó con él, al menos sentía que sería la primera en casarse de sus amigas; en algo sería la primera, pensó. Aquel hombre la amó, la amará eternamente, pero ella jamás le querrá. No puede pues es a otro hombre al que quiso, pero eso nadie lo sabrá jamás.
Sufre, transige en su dolor punzante de ser lo que nunca quiso ser ni vivir. Calla, vive a través de los otros, de sus vidas. No sabe hacer otra cosa. Sus complejos, sus miedos, sus celos y envidias, no la permiten avanzar hacia una vida auténtica y suya. Su vida es una pura mentira que se guarda para sí. A veces piensa que es la única forma de sobrevivir, la manera más real de cubrir sus desengaños, los reveses a los que se tiene que enfrentar cada día.

Se conforma con reír, se apresura a absorber hasta el último aliento, gozar y disfrutar como si todo en ella fuera real, aunque cada noche, cuando apaga la luz, varias o muchas lágrimas recorran su corazón.